martes, 25 de septiembre de 2007

Poemas de Omar Khayyam

Que hablen por sí solos:

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Viejo mundo que cruza al galope el caballo blanco y negro
del Día y de la Noche, tú eres el triste palacio
donde cien Djemschids han soñado de gloria y donde cien Brahamanes
han soñado de amor y se han despertado llorando.

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Mi nacimiento no aportó el menor provecho al Universo.
Mi muerte no disminuirá ni su inmensidad ni su esplendor.
Nadie ha podido explicarme por qué vine,
por qué partiré.

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Sobre la tierra abigarrada, camina alguien que no es musulmán ni infiel
que no es ni rico ni pobre. No venera a Alá ni a sus leyes.
No cree en la verdad. No afirma nunca.
Sobre la tierra abigarrada ¿quién es ese hombre bravo y triste?

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Khayyam, que cosía las tiendas de la Sabiduría
cayó en los brazos del Dolor y fue reducido a cenizas.
El ángel Azrael ha cortado los tirantes de su tienda.
La Muerte ha vendido su gloria por una canción.

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El vasto mundo: un grano de polvo en el espacio.
Toda la ciencia de los hombres: palabras.
Los pueblos, las bestias y las flores de los siete climas: sombras.
El resultado de tu meditación perpetua: nada.

Reencontrando a Platón

Hacia 1930, Karl Jaspers se preguntaba ¿sigue mostrando Platón el camino? En los extremos, a muchos les parecerá una cuestión indiscutible. Sea porque Platón representa de manera muy sólida los inicios de la tradición filosófica, o porque sea considerado como un elemento ya caduco en la historia de la filosofía, dado su nivel de abstracción.

La principal crítica que se esgrime contra Platón es que el carácter idealista se sobrepone, en la mayor parte de su obra, a las causas materiales. Sin embargo, hay implícitos ciertos principios que entran en contradicción con la misma doctrina de Platón y que ponen en entredicho el “mundo de las ideas” como origen y fin del conocimiento humano. De hecho, Platón ubica la contradicción material como fuerza motriz del desarrollo espiritual del hombre, y al hacerlo no hace más que perder el equilibrio en cuanto a la consecución total de su sistema. Del cual nos dice: “[…] Lo que proviene del ser verdadero, inmortal, inmutable; lo que representa en sí estos caracteres y se produce en un objeto semejante ¿no tiene más realidad que lo que nace de una naturaleza sujeta al cambio y a la corrupción, y se produce en sustancia igualmente en mortal y mudable?” Refiriéndose, respectivamente, a los sujetos del mundo de las ideas y a los del “mundo de las apariencias”.
De esta manera, Platón supone a un hombre que comienza a conocer mediante un estímulo exógeno. Ajeno a la esencia y la Idea, piedra angular del pensamiento platónico. El estadio civilizado en el cual Platón ubica a este hombre pensante supone la ya racionalización de caracteres ontológicos a través de la contemplación sistemática, y podría ser otro punto sujeto a caución.

Sin embargo, pese a esas cosas, el sistema platónico posee tantos méritos como pocos han merecido. En primer momento, hay muchos atisbos geniales sobre la condición humana: el hombre posee ya un carácter propio, específicamente humano a decir de Leontiev, sometido a una lógica propia; esto se refleja en el hecho de que el hombre adopta su carácter específico sólo siendo miembro de una colectividad aunada por la necesidad objetiva. La división social del trabajo está ya presente en la concepción de mundo como un factor determinante en la desarrollo de la sociedad.
Muchos de los principios platónicos han sido retomados por muchos sistemas filosóficos a lo largo de la historia, en principio por Aristóteles, pasando por los sistemas de la edad media y del renacimiento, la Utopía de Tomás Moro, hasta la filosofía idealista contemporánea. En segundo lugar, la filosofía platónica, aun cuando posee valor por sí misma, obtiene su mayor mérito en cuanto que es también la formulación de un método. Platón elabora una forma metodológica a la par que la utiliza sobre su objeto de estudio. Algo así sólo fue equiparado por la dialéctica de Hegel y por la concepción material-histórica de Marx. San Agustín y Santo Tomás no llegan a tanto, a mi parecer.

El último capítulo de la República es un ataque directo a las formas de producción artística, basado en la idea de la dualidad del hombre y del mundo, Platón rechaza el hecho artístico – más puntualmente, la poesía- por ser una recreación no de la Idea, sino de las materiales, del mundo de las apariencias.

No es el primer pensador del cual me quedan pequeñas espinitas cuando se ponen a hablar sobre la creación poética. Para hablar de eso hay que estar muy inmerso en el proceso de creación artística. Ya trataré el tema luego.
¿Sigue mostrando Platón el camino de la filosofía? Como haría él mismo: que la mayéutica hable por sí misma.
Bueno, de cualquier modo, es sólo mi humilde opinión. Aún Platón me es demasiado extenso para abarcarlo de una sola vez.