viernes, 13 de noviembre de 2009

La destrucción de la destrucción del hombre por el hombre, o una interpretación alterna de Los Reyes de Julio Cortázar

Bajo el nombre de Asterión, la cultura helénica llamó a una de las criaturas míticas que más la dotarían de personalidad: el Minotauro, ser con cuerpo de hombre y cabeza de toro, confinado al laberinto construido por Dédalo.

La revitalización de la leyenda que Cortázar propone en Los Reyes, es también una reescritura de la misma. Cortázar rompe con los móviles que desde siempre se han manejado bajo las interpretaciones tradicionales de la fábula. Pero ese rompimiento es una destrucción creadora del mito. A mi parecer, es como sigue.

Cortázar, al reescribir la lucha entre Teseo y el Minotauro, propone no una lucha entre el hombre y el monstruo, sino una lucha del hombre contra sí mismo. La verdadera disputa de poder se da entre dos reyes, de ahí el nombre. Sin embargo, los reyes no son Minos ni Teseo, sino el animal y el hombre: por un lado, Teseo y Minos, hombres los dos, portadores del ideal griego de la belleza, el poder y la razón. De otra parte el Minotauro, como representación de la naturaleza animal del hombre, que reina en los subterfugios de la conciencia, y que lucha por la vindicación de un hombre que no puede olvidar y dejar atrás sus raíces. De ahí la cabeza de toro, el recordatorio perenne de su origen.

Por eso hay una identificación de los dos reyes griegos: Teseo es a la vez él mismo y también es Minos.

Sin embargo, cuando Teseo se enfrenta al Minotauro no es contra un monstruo con quien pelea, sino contra él mismo, contra un yo escondido. Se enfrenta al yo más oculto, a lo que no puede ver cuando se inclina sobre las aguas claras de los ríos de Atenas, pero que late en cada vena, en cada poro del joven mancebo que lo sabe cierto e indiscutible.

La “humanidad” de Teseo es el concepto enmarcado en el ideal de la razón, de la mesura. Ese ideal es por tanto la negación misma de la humanidad, o de una parte constitutiva de ella, en tanto que ésta tiene a su base la materialidad, la bestialidad del hombre. ¿Por qué el Minotauro representaría precisamente lo contrario? Porque es fruto de la desviación animal de la humanidad: hijo de Pasifae –mujer de Minos- y de un toro blanco salido de las aguas.

Para superar esa desviación es necesario negar al cabeza de toro, esconderlo, acabarlo. En nombre de la creación de un hombre nuevo, la aniquilación del icono animal se vuelve un paso necesario e ineludible.

Teseo, como vindicador de una humanidad hipócrita, viaja a Creta para entregarse como sacrificio al laberinto de Asterión. Ese sacrificio, esa muerte casi segura, es necesaria para poder vencer al cabeza de toro. En su encuentro con Minos y Ariana, ésta le entrega un ovillo para que pueda volver a la entrada. Sin embargo, los motivos secretos de la hija de Minos son el amor y el deseo que siente por su hermano, el Minotauro. Para que éste vuelva le entrega a Teseo y con él, la ruta de salida.

Ariana finge amor hacia Teseo. Igual que su madre fingió ser vaca. (Pero la animalidad debe ser siempre escondida. Y uno piensa en un Gregorio Samsa que no quiere salir de su habitación, en el Caballo de Troya, en el vestido de hojas de Eva).

Cuando Teseo encuentra a Asterión, la lucha parece inevitable: el cabeza de toro ansía regresar a los patios llenos de sol del palacio de Cnosos, a los besos del agua de sus jardines. Acabar con el ateniense es la llave para lograrlo.

Pero el Minotauro se entrega al hierro de Teseo, voluntariamente y sin presentarle batalla: Ariana es también Judas, traicionándolo al rozar sus dedos con los dedos de Teseo. De ahí que Asterión baje su cabeza hacia la espada del príncipe.

Ese acto sacrificial, alegórico de todos los mitos mesiánicos, se nos explica como un acto necesario en la que el sacrificado alcanza su propósito a través de la transmutación: de su existencia real hacia su existencia simbólica, su sacrificio –innombrable- fija sus fines como imperativos en la conciencia de los acogidos, aunque no puedan ser dichos en voz alta.

He ahí la destrucción de la destrucción del hombre, la falsa victoria de ese Teseo reducido a máscara, a nombre y artefacto.

Hay que ver en la entrega de ese Cristo bicorne, desangrado en su laberíntica cruz de mil brazos, al redentor de nuestra parte oscura.


Octubre, 2009

(*) Como diría Borges, un texto que me justifica en las tardes inútiles...

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