martes, 10 de mayo de 2011

Desdolarizar... ¿para qué? ¿para quién?

Este artículo nació de la necesidad de redimensionar el problema de la dolarización de la economía salvadoreña, que sigue quedándose en el plano del análisis macro. Más que arrojar un análisis sobre los efectos de la dolarización/desdolarización, tuve la pretensión de sondear algunos elementos de la misma desde un análisis de economía polític, es decir, dimensionar dicho fenómeno desde un análisis de clase. Este artículo también fue publicado aquí, a mediados de febrero de este año.



Desdolarizar... ¿para qué? ¿para quién?


El debate en torno a la dolarización/desdolarización parece querer presentarse como una cuestión técnica de economía monetaria. Más allá de los flujos monetarios, lo que está sobre la mesa al hablar de (des)dolarización es la lógica interna del proceso de acumulación. Sin embargo, aquí y ahora esas consideraciones no marchan en el debate. Han quedado invisibilizadas.

Es cierto que la decisión de dolarizar la economía salvadoreña, allá en 2001, no fue más que una decisión política que tuvo a la base no la estabilización de los índices inflacionarios, sino la estabilización de las tasas de interés y la reducción del riesgo cambiario, aún cuando éste último incluso había sido ya soslayado a través de una política cambiaria de flotación sucia, según la cual el Estado mantenía estable el tipo de cambio a través de operaciones de mercado abierto.

Claro que los beneficiarios de estas operaciones, en consonancia con la estrategia neoliberal, no eran los salvadoreños comunes sino los grupos incrustados en argollas estratégicas de la economía, en este caso, en un sector altamente rentable como lo es el sector financiero (y del cual se apoderó un pequeño grupo de la élite empresarial cuando la reprivatización de la banca, allá en 1990). La estabilización del tipo de cambio significa por un lado la reducción del costo de los bancos para hacer frente a las obligaciones contraídas en el extranjero y mantener el margen de ganancia que esos mismos bancos pueden tener en la economía doméstica (lo cual se da por el diferencial creciente entre las tasas de interés que los bancos pagan y cobran).

En el contexto actual el debate adquiere un carácter incluso más especial. Dentro de las condicionalidades de los préstamos precautorios (Stand – By) del Fondo Monetario Internacional (FMI) contratados en los dos últimos años, mantener la dolarización es un término no negociable.

Bajo un análisis de economía crítica –que implica un análisis político y no sólo político-institucional- deberíamos poner el dedo sobre la llaga que ha significado el patrón de acumulación, es decir, del modelo neoliberal impuesto en nuestro país. Esto significa:
a) Tener claro que ese modelo se ve inserto en la lógica de la acumulación capitalista y, por tanto, sometido al designio fundamental del capital: la apropiación constante de masas crecientes de ganancia.
b) Reconocer que esa apropiación de ganancia implica relaciones de poder contradictorias entre el capital y el trabajo y, además, entre la esfera de la producción y la esfera de la circulación (sobre todo de la esfera financiera).
c) Estar claros que la desdolarización de la economía no significa nada si ésta se dimensiona fuera de la lógica que permeó las políticas públicas en veinte años de gobierno neoliberal y que han derivado en una situación con escaso margen de maniobra para el aparato del Estado. A guisa de ejemplo cabe mencionar: la reestructuración (desestructuración) del sistema tributario, la política comercial de apertura unilateral primero, y bilateral, después, en un entorno de baja competitividad internacional, etc.

A nuestro juicio, la desdolarización de la economía podría traer ventajas sobre todo al ampliar el margen de maniobra del Estado en materia económica. Sin embargo, ese margen sería aún muy limitado y la sola apertura de los mecanismos monetarios no responde a las necesidades del pueblo salvadoreño ¿Qué necesita el pueblo salvadoreño? Necesita dar el paso hacia un sistema económico con equidad, donde se mejoren sus condiciones materiales y culturales de vida, traslapado eso con el aseguramiento de su futuro (sustentabilidad de las políticas económicas).

Pero eso no es todo el asunto. Bajo el modelo político actual, desdolarizar implicaría costos que caerían sobre las espaldas de las masas trabajadoras. ¿No va a pagar el gran capital, es decir, los que se beneficiaron de diez años de dolarización? No, porque el sistema político no opera en esa lógica.

Y en esa lógica, la desdolarización sólo podría aparecer como un componente de “país”, bajo el fetiche de la magnitud económica per se: desdolarizar para ganar competitividad, desdolarizar para aumentar exportaciones, desdolarizar para aumentar la cartera de crédito, desdolarizar para lo que ordene y mande.

Así, se pierde de vista que si, tras la desdolarización y en el régimen de producción vigente, se propone como estrategia la devaluación del tipo de cambio para ganar competitividad, eso supondría un abaratamiento de los bienes transables producidos en el país y podrían aumentar las exportaciones. ¿Qué exportaciones? Tal vez los bienes transables de maquila que son los que principalmente se producen en el país. ¿Y eso mejoraría la situación de la clase trabajadora? Sí, si viviéramos en el país de Nunca Jamás. Pero en El Salvador, el principal nudo de la explotación de la clase trabajadora –sobre todo de un ejército de mujeres vulneradas en sus derechos laborales más fundamentales- se da en los enclaves maquileros. Pero ¿el gobierno podría regular esas condiciones de trabajo para que fueran un poco más dignas? No, porque la firma e implementación de acuerdos comerciales como el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (TLC) le ha doblado los brazos a las autoridades en materia laboral. Y un pero más: ¿Es posible que el gobierno abandone una política comercial con ese perfil? Sí, pero no lo hace. Por el contrario, bajo el gobierno actual se terminaron las negociaciones del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea (ADA), que no es más que un acuerdo comercial con las mismas características de sometimiento que en su momento tuvo el TLC.

Además, la política comercial de apertura económica nos ha convertido en un país netamente importador, esto significa que el país compra más de lo que produce. Un caso impresionante se visualiza en la balanza comercial alimentaria, la misma que presenta una progresión en sus resultados deficitarios en el periodo de vigencia que lleva el TLC. En ese contexto, una devaluación del tipo de cambio encarecería las importaciones e incrementaría el costo de la vida para muchos salvadoreños y salvadoreñas que, sometidas a un rígido sistema de flexibilización laboral, no ven traducidos los incrementos de los precios en los salarios que perciben.

Esto significa que la desdolarización, a pesar de que podría tener beneficios para el país, estos no se traducirían de forma automática hacia las condiciones de vida de las mayorías populares. ¿Qué significa la desdolarización para la sustentabilidad del ambiente? ¿Cómo se lucha desde los mecanismos monetarios contra los megaproyectos de inversión, proyectos de muerte que desplazarían a miles de familias y destruirían parte importante de nuestra riqueza natural? ¿Qué significa la desdolarización para una población cada vez más enajenada, más empobrecida? Si es el crecimiento económico lo que se busca, estamos errando el camino. El crecimiento es un paradigma superado hace ya largo tiempo. Además, sin reformas estructurales de fondo, el crecimiento económico no ha significado nunca una mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la población; para que ello fuera posible deberían existir políticas de desconcentración de la riqueza que disminuyan la captación de ganancias por un pequeño grupúsculo de la sociedad y que esas ganancias sean puestas a disposición de las necesidades del pueblo.

Así las cosas, el debate sobre la dolarización adquiere un matiz más allá de lo económico y de lo político-institucional. Así, ese debate se inserta en una cuestión socio-política, esto es, la desdolarización ¿para quién? La clase trabajadora parece ser el corredor que lleva todas las de perder en esta justa; conscientes de ello, le estamos apostando todo… “y hasta el hueso!” (Vallejo).

No hay comentarios: