martes, 10 de mayo de 2011

Roque Dalton hoy... ¿una muerte necesaria?

A lo largo de las últimas tres décadas de la historia literaria del país mucho se ha escrito en torno a la figura de Roque Dalton. Sin embargo, la mayor parte de estos escritos han servido, más que para reivindicar la esencia del poeta, para hacer un fetiche de sus formas más superficiales, para volverlo imagen, para convertirlo en un icono vacío.

Cabe aclarar que la intención quizá nunca fue ésa, sino todo lo contrario. Para evaluar el efecto que ha tenido el “estudio” de la vida y obra de Roque hay que tener en cuenta eso, dado que dicha evaluación debería partir de la consideración de los objetivos que originalmente se perseguían. Se vuelve necesario, pues, evaluar si esos objetivos se han cumplido o no, y cuál ha sido el efecto verdadero que ha tenido el estudio de Roque en la literatura de nuestro país.

En este sentido, es necesario precisar que dichas aproximaciones a la obra de Dalton han tenido como finalidad la reivindicación de la obra de un escritor que prometía mucho -talvez demasiado-, muerto de la forma más horrible y ridícula que imaginarse pueda. Esto último precisamente es lo que ha contribuido principalmente a que el estudio de Roque se vuelva más una cuestión vital que una literaria; cuestión vital cuyas raíces se hunden en la ideología de izquierda en mitad de una guerra civil, una izquierda que, por tanto, necesitaba íconos, parámetros de praxis revolucionaria. Eso en un primer momento. Luego, como reivindicación de una praxis consecuente, como un ajuste de cuentas en el periodo de posguerra. De hecho, su trágica muerte a manos de la organización guerrillera en la que militaba se ha vuelto la luz bajo la que se juzga su producción literaria.

El mito de Roque comienza ahí mismo, en los cerros de Quezaltepeque. Después de su muerte es que comienza el auge de la obra de Roque en el país, como símbolo del mártir revolucionario. De ahí que el estudio de Dalton se presente como imperativo. Pero ese estudio se ha visto opacado por la recepción que ha tenido en todos los medios: más que una acogida literaria, ha habido una recepción de las cuestiones del símbolo. El círculo es vicioso: ello fomenta que los estudios sobre Roque estén bañados por un aura mítica, dogmática, sin posibilidad de leer y estudiar críticamente a Dalton, sin posibilidad de situarlo en el lugar que le corresponde –cualquiera que este sea.

La lectura de Dalton, en esa atmósfera, no coadyuva en nada al desarrollo de la literatura. Sobre todo porque su función como parámetro literario –por otro lado, del todo superable- ha sido sustituida por su función de mártir.

Roque Dalton, ahora, forma parte –talvez la parte central en un sector muy amplio- de la ideología del medio literario salvadoreño. André Gorz plantea que la ideología tiene su origen en la necesidad de justificar de forma más o menos racional y sistemática, las propias limitaciones reales. Luego, la ideologización del fenómeno Dalton nacería de los impedimentos que la literatura nacional tiene y ha tenido. ¿Cabe hablar de discapacidades en el seno de la literatura salvadoreña? Sí. ¿Cuáles? Primero, la carencia de una tradición literaria. Segundo, la tergiversación de los fines literarios, subsumiéndolos sólo a los fines ideológico-políticos.

Hay algo que se olvida y que es fundamental: Roque Dalton tenía bien claro que la poesía es una cuestión eminentemente creadora y, por tanto, revolucionaria. No cabe lugar para la imitación en términos literarios. Y si lugar cabe, no es precisamente la imitación temática o formal, sino más bien la imitación “metodológica”.

Cosmopolita como pocos escritores de su época, Roque se inscribe en los movimientos antipoéticos que venían teniendo auge en la vanguardia literaria mundial. El proceso que sigue la creación literaria es un proceso de negación de las formas tradicionales, un proceso de “destrucción creadora”, de “crisis” a lo Elliot. Ese razonamiento, aunado a una concepción dialéctica del mundo, que bien podría inferirse en el poeta, lleva a crear la necesidad de una superación de los cánones: una quema de las naves, un parricidio. Es Aristóteles contra Platón, Marx contra Hegel. Dalton contra Geofroy Rivas.

Hay, ahora, todo un movimiento –que nada tiene que ver con brotes generacionales- que ha empezado a darse cuenta de esto, y que pretende remontarse sobre las falencias de una historia que no ha sido.

Si quiere seguirse a Dalton hay que destruir a Dalton: al Dalton fetiche, al muñeco-Dalton que es el que sigue vivo. Si quiere seguirse a Dalton hay que superar el homenaje discursivo y barato. Hay que superar la religión y el fetiche. Hay que traerlo y juzgarlo, darle la palabra sin que abuse. Hay que ponerlo en la balanza, buscar qué sitio ocupa en el mapa de la gran literatura de todos los tiempos. O, si es necesario, enterrarlo -esta vez sí- sin la salvación del olvido.

Y es que lo revolucionario en Dalton, sólo separable de su vida en términos analíticos, va más allá de las arengas políticas. Está, por el contrario, más cercano al poder revolucionario de la poesía en el ámbito del alma humana, en el campo de “las larvas de la conciencia”. Entender esto implica no sólo una necesidad y una obligación como escritores: implica un ajuste de cuentas con la historia.


* Escrito en mayo de 2010.

No hay comentarios: