martes, 20 de septiembre de 2011

Carta a Sergio Rodríguez Ávila

Estimado –pero no tanto- Sergio Rodríguez,


Con un poco de sorpresa leí la carta que el día de ayer les enviaste a los empresarios salvadoreños, de forma abierta, a través de un periódico local. Digo con sorpresa para no mencionar la sensación de desagrado político y de repulsa académica que me nace al leer tus líneas. Te aclaro que no es un desagrado por la redacción –bastante mala, por cierto-, ni por la visión ideológica, que ciertamente tampoco comparto.


Como vas a pensar que es algo personal, te aclaro que no ataco a tu persona sino a tus argumentos. Hablas sobre cosas de las que me doy por aludido, por las que me siento casi obligado a responderte. En cuestiones de economía creo que hay que ser sincero hasta la médula, saber qué y por qué se dicen las cosas, o callarse. Un adagio popular dice que es mejor mantener la boca cerrada y no demostrar que se es tonto, lo que para muchos sería muy recomendable; hay siempre muchas por decir sobre la economía, el problema es no ver que lo central supera lo económico, trasciende a las necesidades concretas de la sociedad.


En tu carta sostienes básicamente tres cosas: la incapacidad del FMLN para gobernar el país, la necesidad de que el empresariado se empodere y haga algo por El Salvador y, finalmente, la vinculación que debe existir entre empresa privada y juventud. Con respecto a estas tres ideas quiero hacerte, igualmente, tres aclaraciones. Sinceramente, espero que te ayuden a tener una visión más cabal de lo que es la realidad económica salvadoreña.


Primera aclaración: Concuerdo con que el gobierno está haciendo mal las cosas. Es más, quizá las ha hecho peor que los gobiernos anteriores. Sin embargo, la migración de capitales encuentra su explicación en la baja competitividad de la economía salvadoreña, determinada a su vez por la ausencia de una fuerza de trabajo cualificada, la nula inversión en tecnología –donde podría aportar sustancialmente el sector privado, y no lo hace-, la elevada incidencia del desempleo y del subempleo, que permite mantener bajos salarios, los cuales a su vez explican una baja productividad del trabajo. Esa baja competitividad también tiene a la base la escasa o nula articulación intersectorial, que permite que la rentabilidad de unos sectores –como el sector financiero, cuyas ganancias cada vez más salen a borbotones del país –no animen la actividad económica de otros sectores –como el agrícola o la pequeña empresa.


El sector agrícola es particularmente notable. La desconexión con los demás componentes del aparato económico –agroindustria, manufactura, comercio y servicios- llevó a que el sector base de la economía de exportación, principal fuente de divisas hasta la década de los ochenta, colapsara. En ese entramado, la dependencia del sector externo en esferas como el aprovisionamiento de alimentos y materias primas se ha ido agudizando, lo que no deja despegar tampoco a la industria, ni garantizar el acceso de la población a alimentos de calidad, sin modificación genética, con precios bajos, sin necesidad de importarlos. Esta situación se ha agravado a partir de la implementación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (CAFTA-DR, por sus siglas en inglés), en 2006, cuando la administración del aparato estatal estaba en manos de Antonio Saca, empresario radial.


Hasta qué punto la situación de crisis internacional ha influido, condicionando, la gestión de la cosa pública en nuestro país en los dos últimos años, es aún incierto. Pero creo que es algo que no puede dejarse de lado, incluso teniendo mala fe contra el gobierno actual. Y esto porque la vinculación del país con el resto del mundo es cada vez mayor, básicamente a través de dos factores: a) la entrada de remesas de los trabajadores salvadoreños en el resto del mundo, principalmente en los Estados Unidos; b) la salida neta de recursos que significa la repatriación de ganancias de las empresas extranjeras radicadas en suelo salvadoreño. Es decir: la situación actual, aun considerando la incompetencia del gobierno de Funes, debe verse a la luz de la crisis internacional, cuyos efectos se transmiten a El Salvador debido a los canales abiertos en la historia reciente: liberalización, precarización del empleo, apertura comercial, etc.


En ambos casos el gobierno ha pecado; ha pecado al no regular un sector estratégico: la banca. Primero, porque importantes contingentes de recursos monetarios podrían destinarse a proyectos productivos de las mismas familias que reciben remesas, o ayudando a financiar proyectos públicos. Segundo, está ausente la imposición fiscal sobre transacciones financieras –algo que incluso la Unión Europea, ya está haciendo-, que podrían ayudar a financiar las políticas económicas y sociales y contribuir a sanear las finanzas públicas. Con eso no se le quita nada al empresario nacional, recordemos que la banca casi culmina su proceso de extranjerización en 2007.


Por cierto, achacar dicha incapacidad a la retorcida moral y corrupción de los miembros del partido es olvidar que casos similares, e incluso más agudos, se dieron en el pasado. Ahí quedan para la historia los nombres de Carlos Perla, Reynerio Flores Lazo, William Eliú Martínez, miembros de partidos de derecha, hombres de confianza de sus líderes o empresarios que estafaron al Estado o utilizaron sus posiciones políticas para hacer negocios ilícitos.


Segunda aclaración: Ningún país del mundo –pero sí sabes de alguno espero que me lo digas- ha logrado desarrollarse a base de empresa privada. Dije desarrollo, que es una palabra grande. Pero digamos para no ponernos exigentes: “crecimiento”. Ningún país del mundo ha logrado mantener tasas de crecimiento sostenidas a través de un modelo de libre empresa. Hay quien menciona al Sudeste Asiático como paradigma, pero según lo demuestran numerosos estudios de CEPAL, la estrategia asiática de liberalización y atracción de inversiones tuvo en paralelo el fortalecimiento del aparato estatal, que exigía requisitos de desempeño (transferencia de tecnología, consumo nacional básico, entre otras) y tasas nada pequeñas de impuestos a las empresas.


Pero recapitulemos un poco: durante los últimos veinte años El Salvador fue gobernado por un partido de empresarios, ARENA, que instituyó a partir de 1989 los paquetes neoliberales contenidos en los Programas de Ajuste Estructural y Estabilización Económica (PAE/PEE). Estos paquetes planteaban, entre otras cosas, el recorte de la intervención estatal en la economía, lo que se lograba a través de dos vías: por un lado, desmontar la retracción de impuestos a través de una simplificación y centralización tributaria, que disminuía la “presión negativa” que los impuestos generaban sobre la inversión; y, por otro, la disminución del gasto público para liberar recursos financieros que incentivarían la iniciativa privada.


Aunque este fue un modelo aplicado casi bajo el mismo molde en toda América Latina, en el caso salvadoreño se concretó a partir de: a) la instauración del Impuesto al Valor Agregado (IVA) que sustituyó a los timbres fiscales; b) la reducción de los presupuestos, que buscaba equilibrar la balanza de pagos, c) la reestructuración del presupuesto, buscando limar las responsabilidades del Estado, y d) la liberalización de las inversiones y la apertura económica, en el supuesto de que dichos elementos atraerían la inversión extranjera.


A pesar de la aplicación de estas medidas, que le servían de pivote al sector empresarial, éste nunca despegó. Dicha situación se debió en primer término a Y no mejoró a pesar de la subasta, a precio de regalo, de importantes activos del Estado (como la distribución de energía eléctrica y las telecomunicaciones), a pesar de la fijación del tipo de cambio y la eliminación del riesgo cambiario a partir de la entrada en vigencia de lo que se llamó, eufemísticamente, Ley de Integración Monetaria y que en rigor no fue más que la dolarización de la economía; no mejoró a pesar de la desregulación del mercado de trabajo, expresado en la casi nula vigilancia de las leyes laborales básicas y la rigidez de los salarios incluso en contextos de inflación sostenida; no mejoró a pesar de que el consumo ha venido inflándose cada vez más como proporción del PIB.


En el plano macroeconómico, la ausencia de inversión y la orientación que tuvo la misma (sector comercial y financiero, contrario al fortalecimiento de la producción directa en industria o agricultura) mantuvo anclado al país, presentándose así una tendencia decreciente de la tasa de crecimiento del PIB. Dicha tasa no alcanza el 3% anual promedio desde 1994, año en que asumió la presidencia Calderón Sol, también empresario.


En resumen: un gobierno empresarial que no ayudó para nada al país. Y fue por veinte años ¿a esos empresarios les estás pidiendo pensar en el país, y que “por favor no se den por vencidos, continúen luchando”?


Tercera aclaración: La vinculación entre la juventud y la empresa privada me parece un tema aun sin agotar. La evidencia muestra que el sistema de libre empresa no permite la solidaridad entre distintos productores individuales. El ansia de lucro, la plétora del capital, no permite que las ganancias de una empresa pasen por voluntad propia a conformar el capital de otra empresa. Muy por el contrario, la competencia consiste precisamente en la apropiación de ganancias a través de ganar la “lucha competitiva”, lo cual se logra por distintas vías.


En El Salvador, esa lucha competitiva la han ganado los grandes y la han ganado a través de la expropiación paulatina de los recursos sociales. Es una lucha que empezó desde los albores del Estado salvadoreño, allá por 1840 con la llegada al poder de los gobiernos liberales, que expropiaron las tierras comunales y ejidales de las comunidades indígenas. Hay antecedentes más recientes: en 1990 la reprivatización de la banca fue un proceso amañado que concentró la propiedad de los bancos en una decena de familias, que se han venido beneficiando por las mismas características del modelo neoliberal.


En términos más concretos, la lucha competitiva se ha expresado en la concentración del poder económico en un manojo de empresas, cuyo efecto mediato ha sido el desplazamiento de miles de trabajadores al subempleo. La empresa privada, esa que tú dices ser la fábrica verdadera de empleos, carece de una visión nacional en la que los trabajadores, sujetos de derechos inalienables reconocidos por el Estado salvadoreño, no tienen cabida sino como meros instrumentos. ¿Hay alguna evidencia? Sí, la hay. El año pasado, y en junio del presente, la Cámara de la Industria Textil (CAMTEX) elevó al Ministerio de Trabajo una propuesta para que las trabajadoras de la maquila trabajaran 12 horas diarias durante tres días y descansaran los tres siguientes. 12 horas diarias, además de estar contra toda la legislación nacional e internacional vigente, carece del más mínimo grado de coherencia con los principios de la ingeniería industrial y la organización de los procesos productivos: está demostrado que el rendimiento del trabajador comienza a decrecer significativamente después de 8 horas de trabajo, debido a las características propias del desgaste físico y mental de los y las trabajadoras.


Qué papel podría tener la juventud en tales empresas. Obviamente el papel de objetos. Podrías sostener que la vinculación que propones está ligada más a la responsabilidad social empresarial, donde esas grandes empresas sirvan de palanca a proyectos sociales juveniles. Sin embargo, pienso en Gandhi y en sus palabras: “Nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida, mientras hace daño en otro”. Mientras los grandes empresarios explotan a las trabajadoras de sus maquilas, ¿vamos a ser los y las jóvenes el agua donde estos Pilatos se laven las manos? ¿No nos estamos quedando, más que en un papel neutro, en jugar a ser Judas cerrando los ojos ante la violación de los derechos laborales, comprados por el respaldo, entre otras cosas irrisorio, de proyectitos sociales sin mayor alcance?


No sé si sea necesario explicarte más, pero a todas las luces la empresa privada salvadoreña carece de los elementos mínimos –políticos e intelectuales- para convertirse en la rectora del devenir económico y social del país. Te pregunto, con la esperanza de que tu respuesta sea una negativa ¿es esa la empresa a la que estás alentando?


Claro que existe un paradigma de sociedad donde las empresas lejos de competir entre ellas, convergen en un fin común. Pero ese paradigma no está en el ideario de la gran empresa salvadoreña. No, no es el socialismo, como quizás imaginarás. El paradigma es el de la sociedad solidaria, un paradigma que pese a toda traba política y económica es una realidad en marcha, cada día más sólida, de mayor espectro.


Para no tener una mala impresión de tu persona, y no sólo de tu academicismo, asumiré que tu carta era un sarcasmo. De hecho, un sarcasmo con una dosis bastante grande de tristeza, conociendo la falta de visión de la empresa privada nacional. Lastimosamente, esta que yo te envío está lejos de ser una ironía.


Atentamente, pero no tanto,


Alberto.

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