miércoles, 1 de febrero de 2012

En la muerte de Aquiles Montoya

Recibí su último correo. “Sos de los pocos a los que desde ya invito a mi velorio”. No le creí. Intuí un resquicio de burla, pero también de verdad. Le contesté que habría tiempo todavía para dar la lucha con este pueblo, que ya estaría mejor, que nos veríamos el sábado que viene.

“Sos de los pocos…”. No le creí, pero esas palabras dolieron. Por lo premonitorio, lo cruel –quizá- que había en ellas.

Menos de 24 horas después Aquiles Montoya había fallecido.

Me escribió, “puedo morir tranquilo”. Pero es bien difícil leer unas líneas como esas de un hombre como él. Él, que era sincero hasta la dureza. Él, su sencillez y su risa.

Era de los referentes que nos iban quedando. De los pocos que hay en este país y en este ahora.

El viernes por la tarde cuando me avisaron, sentí un basto, inexplicable vacío. Quién nos dice ahora que no nos estamos tirando al vacío en muchas cosas.

Como a mis muertos cercanos, lo lloré a mi modo y en secreto. A solas.

Lo enterramos un domingo a la mañana. Hacía sol y mosquitos y recuerdos y tristeza. A Aquiles lo veo dando más todavía y tanto más cuanto sea necesario mientras dure la gesta libertaria de este pueblo.

No somos sólo esta materia que se cansa, somos el trozo de historia que ayudamos a construir. No hay muerte en la muerte de un hombre que vivió por la vida: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado” (Hemingway).

Hasta donde estés, un abrazo fraterno, compañero.


No hay comentarios: