martes, 27 de marzo de 2012

Qué universidad urgentemente necesitamos y queremos

Disertación en el conversatorio "¿Qué modelo de Universidad y educación necesitamos actualmente?", realizado en el marco de las Jornadas Interuniversitarias de Economía Crítica 2012.

Para las juventudes alrededor del mundo, la época actual se nos presenta a veces como carente de sentido, como carente de un camino a seguir. Por un lado, la magia del Estado de Bienestar, que para nada llegó a los países de la periferia sistémica pero que nos mantenía con la esperanza de su posibilidad histórica nada más que imaginaria, llegó a su tope con el establecimiento del patrón de acumulación neoliberal y la consecuente desestructuración paulatina de los aparatos estatales. El proceso de globalización, profundizado por el modelo neoliberal, destruyó la poca autonomía que los gobiernos y estados de la periferia aún tenían frente al mounstro del imperialismo. Por otro lado, la caída del ex bloque socialista, la derechización de los procesos revolucionarios en América Latina y la institucionalización de las izquierdas en todo el mundo, han llevado a que se pierda la fe en el poder del movimiento social.

La crisis sistémica del capitalismo ha mostrado la cara más terrible de este modo de producción, cuyo basamento no solamente es económico –como algunas veces se llegó a creer-, sino que trascienden al sometimiento institucional, político, cultural, social y ambiental, a la pérdida de la soberanía toda de los pueblos del mundo entero. Hoy, a casi cinco años de que estallara la crisis del capitalismo financiero y de que los gobiernos de los países centrales echaran por la borda las pocas conquistas que le quedaban a la clase trabajadora, el capitalismo sigue sumido en la desesperación y se apoya sobre las espaldas de las y los excluidos para mantener su horrible cara a flote en este mar de mierda. Estamos en el límite de la desesperanza.

Basta ver las expresiones a que esta crisis ha llevado a la gente común y corriente: un griego se prende en fuego frente a una sucursal bancaria, las encuestas en Centroamérica dicen que la población quiere volver a gobiernos militaristas, la situación en Medio Oriente da muestras de una posible guerra mundial, entre otras cosas no menos grotescas.

En este contexto, las juventudes están reclamando en Chile, en Colombia, en México y en otros países una salida de las academias, una vuelta a esa academia andante que no se quede en sus cuatro paredes, disfrutando y deleitándose de paladear teorías. Nosotros también hemos sido testigos del descaro al que pueden llegar los pseudo-académicos: en la actual contienda electoral –que según los resultados preliminares, ya no importan mucho a la población- académicos, de quien no dudamos tener un conocimiento profundo de las teorías económicas, políticas y filosóficas, tomaron partido por hacerle campaña a un partido entumecido por la burocracia y la opulencia. Cada paso de este pueblo ha sido dado a costa de su sangre, cada conquista que hemos obtenido está teñida de la sangre de nuestros y nuestras mártires. No hay mayor hipocresía que hacerle creer a este pueblo que los cambios pueden venir desde la institucionalidad de una izquierda que ya no es.

Basta de esos engaños, basta de esas apologías del absurdo. El pueblo ha despertado y las juventudes despiertan con este pueblo. Despiertan con la plena seguridad de ser contestatarias ante estas engañifas, y aunque nos falte tecnicismo, aunque nos falte teoría, aunque nuestros argumentos suenen pesados y hieran, aunque no tengamos la refinación de los grandes términos y las grandes teorías, tenemos que decir y denunciar lo que verdaderamente nos aqueja. Podemos sonar pesados, más pesados, más hirientes seremos, como un ciclón de martillos.

Basta de eso. Y por el contrario, la Universidad debe estar con el pueblo y debe ser el pueblo mismo. Históricamente la Universidad se concibe como el organismo de formación de la clases dominantes y no es hasta bien entrada nuestra época cuando se da una democratización de la educación superior. Sin embargo, esa “democratización” también está signada por las condiciones históricas en las que nace y en las que nosotros vemos el reflejo de las necesidades del capitalismo a escala planetaria ¿cuáles necesidades? La necesidad de una fuerza de trabajo calificada, formada técnica, cultural y políticamente bajo las líneas del sistema. Hoy más que nunca, las universidades producen técnicos para la acumulación del capital, cada vez menos pensantes y menos críticos.

La dinámica misma de la superestructura ideológica y cultural hizo que muchas universidades se salieran de ese molde. La expresión mejor que conocemos no está muy lejos ni en el tiempo ni en el espacio: la Universidad de El Salvador, esa casa legendaria hoy corroída y vilipendiada, fue el nido donde se gestaron muchas de las grandes batallas de nuestro pueblo, muchos de los verdaderos intelectuales críticos de este país, hombres y mujeres, se formaron en sus aulas a punta de dialéctica y pistolas.

La Universidad debe dar de sí lo que puede: la teoría y el cientifismo. Y debe tomar del pueblo, que es su base funcional, su naturaleza progresista, sus líneas y sus necesidades, que luego se convertirán en líneas de investigación, en proyectos de extensión social, y en una lógica, jamás estática, del proceso de enseñanza/aprendizaje. La universidad debe aprender de su pueblo. No puede asumir que todo el conocimiento se construye a partir de digerir unas cuantas miles de toneladas de tomos por año o a través de la construcción de sistemas estadísticos cada vez más perfectos, o a través de la consulta de opinión coyuntural. Hay siempre un más allá y el conocimiento lo hacemos los hombres y las mujeres en la vida cotidiana, con todo y nuestras limitaciones.

Aquiles Montoya, a quien queremos honrar con estas Jornadas Interuniversitarias, siempre decía que ningún teórico podía o debía partir de la sola teoría para explicar el mundo. Sobre todo, la conformación de estrategias anti sistema debe hacerse de la praxis viva de mujeres y hombres concretos, que día a día con su trabajo construyen realidades distintas a la del capitalismo. Aquiles encontró eso en el proyecto al que muy visionariamente le entregó su vida: la economía y la sociedad solidaria. Esto no quiere decir que la teoría no sirva, sino que ésta no es un fin en sí mismo. Por eso la academia no debe encerrarse a perfeccionar por sí sola los hallazgos de su observación; debe hacer al pueblo partícipe de esos procesos. No se trata de traducir conocimientos para el lenguaje popular, se trata, en el largo plazo, de empoderar al pueblo para que sea el mismo el que abandere la lucha científica contra el capital y su despotismo.

En un artículo reciente, Frei Betto se preguntaba ¿por qué universidad? ¿por qué “uni” y no “multidiversidad”? El pensamiento único, el establecimiento de un modelo unidimensional y unidireccional de pensamiento y de acción como diría Marcusse, ha cercenado cualquier intento de expresión creadora.

En el caso de El Salvador, esto es cada vez más cierto. Una sola universidad es pública, pero ninguna universidad opera ajena a los designios que le impone el mercado capitalista. La matrícula, por ejemplo, en filosofía o sociología, en la Universidad de El Salvador, no es ni siquiera el 3% de la matrícula de carreras como administración de empresas o contaduría pública. Y aún ahí habría que descontar los que entran a filosofía nada más para lograr entrar a la universidad y en el siguiente año cambiarse a una ingeniería o un técnico en mercadeo.

Pero el problema no se agota ahí, porque es mucho más complejo. Incluso las universidades que se tildan de alternativas siguen reproduciendo un esquema vertical en el proceso de formación de sus profesionales. Paulo Freire dice en uno de sus libros que no puede haber enseñanza de un lado hacia otro, en una vía única, simplemente porque carece de sentido pensar que el mundo es tan sencillo y unidireccional y porque eso implica querer callar el conocimiento práctico que la realidad enseña. La enseñanza, para ser revolucionaria, hoy más que nunca debe ser un proceso dialógico, un proceso que retome lo concreto de lo individuo y lo haga encontrarse en su propia especificidad frente al mundo pero también como parte de una colectividad que a fuerzas pide un cambio.

Quienes en distintos momentos y por distintas vías nos hemos visto involucrados en el proceso de enseñanza, jugando el papel de facilitar conocimientos, un papel a veces mal hecho, hay que aceptarlo, estamos conscientes de que uno recibe tanto como da y que el conocimiento problematizado por las y los estudiantes es tan importante como el de los mejores libros.

La juventud ya no debe esperar. Ha esperado demasiado tiempo a que la educación –ese modelo trasplantado de otras latitudes y otros tiempos, ese conocimiento teórico muchas veces carente de sentido en la realidad concreta-, llegue a ella y se engarce con las necesidades históricas que la juventud siente sobre sí. Es el momento de trastocar ese nicho llamado Universidad. Es momento de rescatarlo del pensamiento único y de la acumulación capitalista. Es momento de recrearlo y llevarlo al pueblo.

La crisis capitalista y la declinación del imperio hegemónico nos tienen a contrarreloj, es cierto. Pero es un momento de convulsión y compromiso que hay que asumir. Y vale la pena vivir este momento, que es terrible y bello, como dijo André Bretón: “la belleza será convulsiva o no será”.

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