domingo, 4 de noviembre de 2012

El individuo como destrucción económica



“Hombres, mujeres y niños… extranjeros entre sus hermanos, heridos por quienes aman”
Peste Noire (Dueil Angoisseux)

El individuo es el ser aplastado por la historia, arrollado por la vorágine de la eternidad. El individuo es el ser humano mutilado de la posibilidad de ser sujeto. La historia puede aplastar al ser humano al erigir sobre sus hombros al hombre abstracto, ideal. Y decimos hombre adrede: un ser masculino que se convierte en el patrón universal que mide el desarrollo humano.

Sin embargo, por­ ser abstracto ese ser humano se aleja paulatinamente de la realidad concreta de la que debería estar en función. Es un hombre que nada tiene que ver con los hombres.En esta concepción subsiste, en el fondo, la necesidad de dominar en función de la división de la sociedad en distintas clases sociales. Es una abstracción que se construye para liberar al ser humano del reino de la necesidad, pero que deriva para someterlo, dominarlo, explotarlo, destruirlo.

Alguna reminiscencia de Platón –y de Parménides- resuena en la disociación entre lo sensible, lo corpóreo, lo humano, y lo suprasensible, las ideas, el pensamiento, lo divino. Aquí está lo concreto, absurdo, ininteligible; allá, el mundo que sí es posible conocer. Veremos esto más adelante, cuando la ciencia se ensimisma y la realidad es asumida como contingente.

El capitalismo hace que la desunión entre el ser concreto y el ser abstracto se logre. Al cimentar la satisfacción de toda necesidad humana –la vida misma- sobre la realización de los valores de cambio, el capitalismo promueve y consolida la preminencia del carácter abstracto del trabajo como tasa del valor de las mercancías. Como el ente abstracto se consolida a nivel social, el ente concreto es absorbido y reducido a lo contingente: no existe el ser humano, existe la razón, que aquí no es más que una mueca de la lógica formal, vaciada de cualquier contenido histórico.

El ser humano entonces pierde su relevancia en este mundo de los abstractos. Para hacerse presente, el individuo apela a lo único sobre lo que en teoría mantiene algún libre albedrío: su cuerpo[1]. El cuerpo como instrumento de inserción social, de actuación, de trascendencia del cuerpo. El individuo sublima su corporeidad y él mismo es la corporeidad fetichizada. Pero la negación de ese fetiche no es la superación de la individualidad, sino la negación del carácter humano de la humanidad y, por ende, la negación de la dignidad.

Esa corporeidad fetichizada es la exasperación de lo particular. Al asumirse en la concreción individual, enfrentada a la generalidad abstracta del mundo de valores de cambio, el sujeto carece de sentido. El individuo es el sujeto que ha muerto y que de ese modo se aleja doblemente de la realidad concreta[2]. El individuo dice: “el hecho de que yo exista, prueba que el mundo no tiene sentido”[3]. El mundo carece de sentido porque el sujeto se ha convertido en individuo, es decir, en la persona corpórea fetichizada. El mundo real no importa, importa el fuero individual, el cuerpo propio que es el único puente entre los individuos, y por ser el único puente se idealiza y se convierte en fetiche.

Cuando la subjetividad muere, la vida es mutilada. La corporeidad fetichizada explica que pueda nacer una dialéctica entre el sexo y la mercancía; el sexo se vuelve mercancía y la mercancía se sexualiza. El sexo, que da la vida, se convierte en dador de muerte. Y la muerte como mercancía expresa la fase donde el capitalismo asume su carácter necrófilo de la forma más clara. La muerte como producto de exportación, como parte fundamental de las cuentas nacionales, como equilibrador del saldo de la balanza comercial.

Actualmente, la industria de la muerte sostiene a los grandes imperios que se disputan el control hegemónico del mundo. A nadie escapa la importancia que tienen industrias como la producción de armas o la pornografía, en países como China, Estados Unidos, Japón, Alemania, Canadá, Reino Unido, es decir, en los países más “desarrollados” del centro capitalista.

Pero el individuo, además, asume la ética de la competencia. La competencia supone una lucha entre los distintos capitales de una misma rama o entre capitales de diferentes ramas de la producción por cuotas crecientes de apropiación del plusvalor. Como la tendencia histórica del capitalismo es hacia una tecnificación creciente –elemento que Marx ve, en cierto modo, positivo pues en el límite ello no puede derivar sino en crear una contradicción irresoluble entre las posibilidades de distribución y la distribución efectiva-, la composición orgánica aumenta y ello compromete la acumulación misma.

Cuando la composición orgánica aumenta y la tasa de plusvalía se mantiene constante o aumenta en menor grado que la primera, la tasa de ganancia tiende a disminuir. Pero como la tecnificación es una necesidad para reducir costes y ganar competitividad, la tasa de ganancia debe presentar una tendencia decreciente en el mediano-largo plazo.

Con la ética del individuo, la destrucción de la fuerza viva de trabajo, es decir, la sustitución de trabajo vivo por trabajo pasado, muerto, es un proceso eminentemente tecno-económico. En lanzar a la pobreza y a la degradación a cientos o miles de trabajadores, no media más que el cálculo de una tasa óptima de desempleo o inflación. Porque una x en una fórmula no dejará nunca de ser una x; una vida que se pierde, en cambio, no se recupera jamás.

Pero como la fuerza de trabajo es la única fuente creadora de valor, su destrucción física representa la destrucción misma del valor y de las posibilidades de acumulación[4]. Cuando la fuerza de trabajo es sustituida por medios de producción, la fuerza de trabajo efectivamente puesta en funciones asume una cuota mayor de productividad, la tasa de plusvalía, por tanto, aumenta; pero el grado de sustitución es tal que el poder social de compra no logra cubrir la producción de mercancías. La distribución se da a un nivel de concentración tan alto, que la producción por sí misma estimula la tendencia a la crisis; la discrepancia creciente y cada vez más deshumanizante entre la producción y la demanda efectiva sólo lograría superarse a través de un cambio radical en las relaciones sociales de producción.

En el valor del producto (VP), los movimientos pueden seguirse de tal forma que:

VP = C + V + P
VP = C↑ + 0 + P

Donde VP es el valor del producto a nivel social, C y V son los desembolsos de capital constante y variable, respectivamente, y P es la masa de plusvalor. Como C y V se mueven en direcciones contrarias, pueden llegar a equipararse cuantitativamente, por lo que VP puede no aumentar a costa de la destrucción económica de la fuerza de trabajo. Pero a pesar de que la riqueza se mantenga constante, el efecto es netamente empobrecedor, pues al caer V caen las remuneraciones percibidas por la fuerza de trabajo y con ello, se reducen las posibilidades de acceder a bienes y servicios en el marco de las relaciones mercantiles capitalistas, en las que la realización del valor de uso de las mercancías exige la previa realización de su valor de cambio.

Ya dijimos que el sujeto ha muerto para las relaciones de producción capitalistas. Existen las cosas y son, y los seres humanos dependen de ellas: es el fetiche rector del mundo, el fetiche de la mercancía. Marx sostenía que a una base económica le corresponde una serie de estructuras sociales que asumen el carácter de esa base[5]. La ciencia, por tanto, no es ajena a la dinámica donde el sujeto muerto y acallado es la piedra angular de la praxis.

La economía, que nace de y para legitimar el orden vigente de la explotación y enajenación del sujeto, no puede poner en primera plana precisamente esas condiciones intrínsecas a la producción capitalista. Es una derivación necesaria de su desarrollo. De ahí que la historia del pensamiento económico sea fundamentalmente contradictoria, que hayan idas y vueltas y que se mate a los grandes paradigmas para resucitarlos de nuevo[6].

No obstante, en la mainstream, en la economía neoclásica, todo se reduce a la maximización de las ganancias o de las utilidades en base al criterio coste/beneficio. Para la economía neoclásica, lo fundamental es la robustez estadística de un modelo, la infalibilidad en la medición de ciertas magnitudes, el discurso de consenso, de no-políticamente-chocante, por ello se limita a jugar con la distribución óptima de los recursos. Lo que en la economía política no es más que recurso o fin pragmático, en la economía neoclásica es finalidad absoluta[7]. Esa preocupación por el número, el reinado de la magnitud, es el principio del final del carácter subversivo que la economía podría tener, ese carácter que empezóa vislumbrarse en la teoría del valor trabajo de Ricardo y que fue magistralmente retomada por Marx.

Este es un claro ejemplo de las espirales de la historia de las que habla Lenin. Para Leibniz, precursor del positivismo y máximo exponente del racionalismo, la racionalidad del pensamiento consiste en convertir las verdades de hecho (la experiencia concreta)en verdades lógicas; todo lo que no nace de la lógica formal es una verdad a medias.Ese proceso se entiende como un camino ascendente, puesto que se pasa de lo caótico a lo lógico. La historia, que es fáctica, es contingente, carece de leyes. Hegel echará por tierra este planteamiento al mostrar que la historia es también un proceso sujeto a tendencias, sujeto a una necesidad de desenvolvimiento estructural. Marx dotará estas conclusiones de un contenido eminentemente materialista, haciendo del análisis económico un proceso lógico-dialéctico, histórico.

Pero la contrarrevolución neoclásica volverá al camino del positivismo de ascendencia leibniziana. No es la razón una derivación funcional de lo real, sino una derivación lógica que carece de raíces en el mundo. No es necesario que la teoría se apegue a la práctica, no importa que la competencia perfecta no exista, importa que sea lógica, que tenga coherencia interna en el plano de la teoría. Después, la sola discusión sobre el método del método nublará la razón. Fue el número y la ceguera: thehell of quantity, el ocaso del sujeto cognoscente[8]. La economía entonces se reduce a ser un modelo, un maniquí ausente, una desesperación: “caricia para el hombre que no sabe ya nada de los hombres, sino ese murmullo de una voz sin labios y el roce de las sombras suplicantes”[9].

Marx plantea: “el problema de si el pensamiento humano puede llegar a una verdad objetiva no es un problema teórico sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre (sic)tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento”[10].

La única ciencia posible es la ciencia que transforma. La transformación de la realidad va más allá de la modificación de la estructura económica. Implica recobrar al sujeto. En ese retorno, “simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre (sic) nuevo”[11]. Para recobrar a la ciencia de la opción eminentemente ideológica y tecnicista en que la sumergió el supuesto positivismo de las ciencias neutras, sólo hay un camino posible: el camino de la dignidad humana.




[1] Es igual que al nivel del modo de producción, en donde el sujeto históricamente expropiado sólo puede sobrevivir con la venta de su fuerza de trabajo, con la mercantilización de su corporeidad. Las formas de interacción entre los seres humanos en los centros capitalistas de producción son la expresión de la enajenación total y de la cosificación más acabada de la dignidad humana.
[2] “¿Quién puede encadenar un cuerpo sin peso a los hilos de la Tierra, unir la hoja muerta al árbol vivo?”. Roud, Gustave. Para un cosechador. Editorial La Garúa. 2006. Pág. 7.
[3]Ciorán, Emile. En las cimas de la desesperación. Tusquets editores. 1996. Pág. 12.
[4] Esquemáticamente, ello puede expresarse como: o’ = C / V y g’ = p’ / (o’ + 1), con: V ≈ 0; implica que: o’ ≈ ∞; por tanto, g’ ≈ 0. En donde o’ es la composición orgánica del capital; C y V el capital constante y variables, respectivamente; p’ es la cuota de explotación del trabajo y g’ la cuota de ganancia.
[5] Marx dice: “La totalidad de esas relaciones [de producción] forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta una superestructura jurídica y política, y a la cual responden formas sociales y determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material determina, de una manera general, el proceso social, político e intelectual de la vida”. Marx, K. Prólogo de la Crítica de la economía política. Claridad. 2008. Págs. 8 – 9.
[6] Valenzuela Feijóo señala: “¿Cuántas veces ha sido enterrado el marxismo? ¿Cuántas se le ha declarado obsoleto?... Como al entierro siempre le ha seguido una resurrección, tenemos un número igualmente impresionante de resurrecciones”. Valenzuela Feijóo, José. “Socialismo y marxismo: ¿dos cadáveres?”. En: Andamios. Revista de Investigación Social. Vol. 3. Núm. 005. UAM. 2006. Pág. 130.
[7]Hinkelammert sostiene que “en el grado en que la teoría neoclásica extremiza su insistencia en la asignación de recursos, se transforma en ideología”, con ello “no puede sino decir cómo llevar “óptimamente” a la sociedad humana a su propia destrucción”. Hinkelammert, Franz. “Los problemas actuales de la teoría económica”. En: Boletín de Ciencias Económicas y Sociales. Año IV. No. 1. UCA. 1983. Págs. 5 – 13.
[8]Baran sostiene que: “Hay que romper con la larga tradición de la economía académica de sacrificar la relevancia del tema a la elegancia del método; es mejor tratar de manera imperfecta lo que es sustancial, que llegar a ser virtuoso en el tratamiento de lo que no importa”. Baran, Paul. The political economy of growth.Modern reader. 1957. Pág. 22. Además, “el sueño de la razón produce monstruos” (Goya).
[9]Roud, G. Op. cit. Pág. 13.
[10] Marx, K. “Tesis sobre Feuerbach”. En: Manuscritos de 1844. UCA editores. 1987. Pág. 142.
[11]Guevara, Ernesto. “El socialismo y el hombre en Cuba”. Edición digital. Pág. 8. 

No hay comentarios: