domingo, 4 de noviembre de 2012

Fundamento económico de la eliminación del sujeto

También publicado en Rebelion.org: http://www.rebelion.org/docs/154132.pdf


En el esquema básico, la metamorfosis de la mercancía puede resumirse como la conversión de una mercancía en otra distinta, proceso que ocurre mediando la realización del valor de cambio de ambas; siendo el dinero –determinada mercancía que se ha convertido en el medio de cambio general- el mediador común de la realización del valor de cambio y encarnación del precio, puede esquematizarse dicha metamorfosis como:

M – D – M’

En donde M representa una mercancía cualquiera, D un monto determinado de dinero que encarna el precio y materialización del valor de cambio de M, y M’ una mercancía cualquiera distinta a M. Para el poseedor de M, ésta no representa un valor de uso más allá de encarnar un valor de cambio y, de este modo, de ser la encarnación mediata de una mercancía distinta. Embrionariamente, M es M’. Pero M es M’ a partir de su negación; la cual se logra a través de la circulación en el mercado, de la confrontación de las mercancías con el medio general de cambio que es el dinero.

Marx sostenía que dentro del circuito de circulación, es decir, en la metamorfosis de la mercancía, el esquema M – D – M’ expresa una relación propia de la lógica formal donde se enfrenta la concreción del sujeto a la generalidad abstracta del sistema de mercado[1]; la forma concreta de las mercancías –el valor de uso- contra las formas abstractas del sistema de cambio: el valor de cambio, el precio y el dinero. Es decir, un esquema como el siguiente:

S – G – P

Donde S representa la singularidad concreta, G la forma general, y P la forma particular que asume la necesidad del sujeto, un sujeto concreto que asume diferentes facetas en el proceso de satisfacción de sus necesidades vitales, lo cual a su vez representa un proceso eminentemente social: “las relaciones de comprador y vendedor son tan poca cosa en las relaciones individuales, que ni uno ni el otro contraen semejantes relaciones sino negando el carácter individual de su trabajo”[2]; la negación del carácter individual del trabajo es el paso del trabajo concreto al trabajo abstracto, como condición para entrar en el proceso de circulación con un quantum de valor socialmente aceptado[3].

En otras palabras, el trabajo concreto se vacía en la generalidad del trabajo abstracto, lo que dota al valor de uso producido de un valor de cambio que adquiere relevancia social y que, por tanto, permite su metamorfosis ulterior en un valor de uso distinto. Sin embargo, porque la metamorfosis es en esencia una transformación cualitativa (M – M’), la circulación mercantil se enmarca en la especificidad necesitada del sujeto, que sólo tangencialmente se reviste de la forma social enajenada; en este sentido, “son las manifestaciones necesarias de la individualidad las que se apoyan en cierto momento del proceso de producción social”[4].

Si esto es válido para la circulación mercantil simple (como condición del mercado y como premisa de la división social del trabajo), no es necesariamente cierto para el carácter que asume la circulación de mercancías bajo el capitalismo. Aunque orgánicamente sean las mismas etapas las que se ejecutan, en orden a su funcionalidad social hay un cambio cualitativo importante. Bajo el modo de producción capitalista, la relación social asume un carácter capitalista y, por tanto, se encuentra sujeto a la producción de plusvalor.

De este modo, la producción capitalista de mercancías, es un proceso de trabajo pero también es un proceso de valorización y éste, en el modo capitalista de producción, es la premisa lógica para que el primero se desarrolle: “en la producción [capitalista] de mercancías los valores de uso se producen pura y simplemente porque son y en cuanto son la encarnación material, el soporte del valor de cambio”[5]. Principalmente, el trabajo que es “productivo” en sentido estricto es aquel que produce plusvalía[6].

Bajo las relaciones de producción de carácter capitalista, la valoración social se encuentra determinada por la vinculación entre el proceso de trabajo y el proceso de producción de plusvalor. Fuera del marco de la valorización del capital, el trabajo asume un carácter peyorativo o carece de importancia; así mismo, la finalidad ya no se encuentra en acceder a una mercancía cualitativamente diferente para satisfacer una necesidad concreta, sino en la valorización del capital. Por ello, la metamorfosis de la mercancía no asume el ciclo M – D – M’, donde una mercancía se vende para obtener otra, sino,por el contrario, en este caso la metamorfosis se encuentra como D – M – D’, donde se eroga una cantidad de dinero para acceder a una mercancía valorizable que se convierte en más dinero[7].

La singularidad del sujeto encarnada en los valores de uso de las mercancías que aquél vende o compra, se trueca por la generalidad, la abstracción, del medio que encarna la forma general del valor, es decir, el valor de cambio y la expresión cuantitativa de la riqueza social. En otras palabras, del proceso S – G – P se tiene su cadena sucedánea: G – S (P) – G; en donde G, a pesar de representar una y misma cosa, es decir, dinero, se fetichizahasta considerarse comodos elementos diferentes dado el cambio en su expresión cuantitativa. G se niega en S/P para llegar a G, si y sólo si,el punto de llegada es cuantitativamente distinto del punto de partida.

Pero, eliminada la necesidad concreta, la inserción social del sujeto en el proceso de la circulación queda en función de una abstracción que sólo llega hacia sí misma y que, por tanto, sustituye al sujeto mismo. De esta forma, la relación fundante entre personas se esconde tras una relación entre las cosas: “lo que aquí reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres (sic)”[8]. Ahí se encuentra ya el destierro del sujeto del proceso de circulación, en donde prima la relación entre cosas; es decir, un fetiche en el que es subsumida la especificidad de la persona humana al intercambio de valores y en el que se niega la relación social fundamental, que es humana.

De hecho, aunque los dos polos de la generalidad se diferencian sólo cuantitativamente, ello implica un proceso esencialmente cualitativo en la dinámica de las fuerzas productivas. Para pasar de una cantidad a otra, media un eslabón de singularidad concreta que, en la cadena G – S – G, representa la negación y cuyo proceso de destrucción es el fundamento de la creación del valor. Es en ese sentido que Marx sostiene que el capitalismo solo puede sobrevivir destruyendolas dos fuentes creadoras de valor: la fuerza de trabajo y la naturaleza.

Dicha “destrucción creadora” no debe entenderse en el sentido schumpeteriano en donde la destrucción tiene como proceso consustancial un proceso creativo[9]. Al contrario, la premisa es la destrucción para el estado enajenado del sujeto, es decir, que la creación –si la hay- es sólo contingencial y no entraña ninguna clase de trascendencia; en adición, es una destrucción que por implicar un estado enajenado, cuelga un doble peso sobre el cuello del ser humano y de su realización histórica.

Los procesos de explotación y expoliación de la fuerza de trabajo son las formas de negar la humanidad del ser humano en el capitalismo. Ambos procesos son los mecanismos para la transformación de D a D’ y consisten, básicamente, en la apropiación, por parte de la clase capitalista, del valor creado por la clase trabajadora. En la explotación, la apropiación se logra a partir de la disparidad siguiente:

W < V + P

En donde W representa la remuneración de la jornada de trabajo, V el capital variable y P la plusvalía; por tanto, el miembro izquierdo expresa la cuantía del salario mientras que el miembro derecho muestra la cuantía del valor creado por el trabajador: el producto del valor. Aquí está de lado el análisis del valor del producto, donde se encarna el valor total desembolsado por el capitalista para llevar a cabo el proceso de acumulación. Mientras el salario sea menor al producto del valor debido a la enajenación de una parte del mismo (P), el proceso de producción será netamente excluyente al remunerar a la fuerza de trabajo al nivel de su sola reproducción material o incluso por debajo de ella (sobreexplotación).

De tal apropiación, no obstante, existe un mimetismo en la cadena D – M – D’ y que no es fácilmente visible. Dicho mimetismo se expresa en sostener que el cambio D – D’ es producto de la circulación de las mercancías y no del proceso de producción mismo; es decir, por la primacía de la generalidad abstracta y la eliminación del sujeto. Entre la transformación D – D’ se encuentra la singularidad propia de la mercancía que sirve de eslabón intermedio, y que como singularidad esencial es, antes que otra cosa, un valor de uso. Esa mercancía es la fuerza de trabajo y el trabajo como valor de uso de la misma. Por tanto, la cadena podría expresarse como:

D – M – D’
D – M [FP] – D’
D – FT – D’

Cadenas en las que D y D’ siguen expresando montos dinerarios mientras que FP representa las fuerzas productivas (medios de producción y fuerza de trabajo) y como es la fuerza de trabajo, FT, la única fuente realmente creadora de valor, ésta asume la primacía en el eslabón de las mercancías compradas para valorizar la inversión del capitalista.

Al negar la mercancía fuerza de trabajo, es decir, en el tránsito de D hacia D’, se niega la subjetividad del ser humano mismo: su cuerpo y su sangre, sus sentidos, lo que piensa y lo que quiere, su proyección hacia el futuro y la asimilación de su pasado, su origen en el quicio destemplado de los tiempos, su ocaso en el mundo del cálculo infinitesimal y potenciado. Todo es perennidad abstracta y, por ello, todo puede ser sacrificado a la superfluidad de lo inmediato[10].

La forma en que D se convierte en D’ en las relaciones capitalistas de producción es, justificado en el tipo abstracto del individuo, a través de la negación sistemática de la fuerza de trabajo, negación que no sólo atañe a la lógica, sino esencialmente a la historia: desterrando al sujeto del tiempo y del espacio, convirtiéndolo en individuo o en masa, se destierran o se eliminan las posibilidades de su incidencia trascendental en todas las facetas de su realidad objetiva.

De hecho, todo aparece como una realidad fuera de la órbita de incidencia del sujeto. El valor creado por él mismo, es un valor natural o que de facto no le pertenece. De ahí nace lo que Marx llama el “fetichismo de la mercancía”, el cual consiste en la consideración de que el producto del trabajo es esencialmente un producto para el cambio y un producto para el enriquecimiento, en resumen: que todo producto del trabajo es mercancía. Lo que también quiere decir que la capacidad creativa del trabajo se encuentra en función de la acumulación del capital.

A esto se refiere Marx cuando señala: “El carácter misterioso de la forma mercancía estriba, por tanto, pura y simplemente, en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de éstos como si fuese un carácter material de los propios productos de su trabajo, un don natural social de estos objetos y como si, por tanto, la relación social que media entre los productores y el trabajo colectivo de la sociedad fuese una relación social establecida entre los mismos objetos, al margen de sus productores”[11].

De ahí que la economía, por ejemplo, transite tranquilamente de ser una ciencia social eminentemente enraizada en la política hacia los oropeles de la alquimia estadística. La razón instrumental triunfa con el triunfo del mercado[12]. Y la religión del capitalismo, con su falso profeta que es el individuo, nos vende una tierra prometida. Pero es la tierra de nada y de nadie. “De la nada surge el signo del infinito; bajo las espirales en eterno ascenso se hunde despacio el agujero profundo”[13].




[1] Marx, K. Crítica de la economía política. Claridad. 2008. Pág. 61.
[2] Ibíd.
[3] Marx señala: “Los trabajos del sastre y el tejedor son elementos integrantes de los valores de uso levita y lienzo gracias precisamente a sus diversas cualidades; en cambio, sólo son sustancia y base de los valores lienzo y levita en cuanto en ellos se hace abstracción de sus cualidades específicas, para reducirlos a la misma cualidad: la del trabajo humano”. Marx, K. El capital. Fondo de Cultura Económica. 1964. Tomo I. Pág. 12.
[4] Marx, K. Crítica…Óp. cit. Pág. 61.
[5] Marx, K. El capital. Óp. cit. Pág. 138.
[6] La producción del plusvalor es la condición necesaria para la explotación del trabajo y la acumulación capitalista. No obstante, ella requiere, para ser efectiva, pasar por el filtro de la realización y apropiación de la plusvalía, lo que da pie al ciclo de la acumulación.
[7] Cabe recordar que “todo capital nuevo comienza pisando la escena, es decir, el mercado, sea el mercado de mercancías, el de trabajo o el de dinero, bajo la forma de dinero, dinero que, a través de determinados procesos, tiende a convertirse en capital”. Marx, K. Ibíd. Pág. 103.
[8] Marx, K. Ibíd. Pág. 38.
[9]Hay que aclarar que la teoría de la “destrucción creadora” de Schumpeter, no representa sino una glosa delo que Marx había señalado ya sobre el proceso de concentración y centralización del capital como fruto de la transformación técnica (aumento tendencial de la composición orgánica y caída de la tasa de ganancia). Schumpeter añade cierto toque de ecología social, propio de Darwin o de Spencer, al proceso de transformación técnica, elemento que, aunque aporta al debate sobre el origen del cambio tecnológico, reduce la discusión a las aptitudes o voluntades individuales, dejando de lado los concomitantes sistémicos del fenómeno.
[10] Por ello, el código abstracto de la mercancía elude la complejidad de lo concreto, el cual siendo negado se vuelve profundamente subversivo. Pero puesto que “sólo dura lo efímero” (Cortázar), porque“la vida es eterna en cinco minutos” (Jara), la lucha del sujeto concreto requiere de la lucha contra lo eterno, la resistencia del momento ante una avalancha histórica donde el sujeto se pretende incapaz y reducido, es la batalla contra la abstracción y la supuesta objetividad, la guerra contra una historia sin historia, porque la historia llegó a su fin (Fukuyama) y queda simple linealidad omnipotente (Von Hayek), retorno eterno (Nietzsche).
[11] Marx, K. Ibíd.Pág. 37.
[12]Hinkelammert señala: “La acción calculada en términos de racionalidad medio-fin (razón instrumental) crea un orden, pero este orden es un orden que se subvierte a sí mismo. Al aparecer un orden, que es producto no-intencional, aparecen efectos no-intencionales sobre los conjuntos reales de la población humana y la naturaleza externa al ser humano, que promueven las tendencias hacia la autodestrucción”.  Hinkelammert, F. Hacia una crítica de la razón mítica. Editorial Díada. 2008. Pág. 225.
[13] Miller, Henry. Trópico de cáncer. Punto de lectura. 2010. Pág. 297. 


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