jueves, 26 de enero de 2012

Perder es cuestión de método

En respuesta a un artículo de Carlos Molina, compañero académico de la UCA y filósofo, publicado por el periódico digital Contrapunto, va el siguiente artículo (cuyo título -como muchos notarán- me fue sugerido por una película Colombiana que, casualidad de casualidades, trata sobre políticos corruptos implicados en el robo de terrenos). El artículo de Carlos llama al voto por el FMLN, cosa que no comparto y cuya lógica que vincula al Frente con un proyecto de izquierda, me parece errada. Ciertamente, la izquierda no institucional tiene muchas debilidades y muchas deficiencias, hay que hacer un trabajo enorme todavía para el empoderamiento desde abajo. El problema es que el Frente está sirviendo de freno, de contención a esos proyectos alternativos, sin que exista de su parte un verdadero proyecto coherente.

El artículo de Carlos puede leerse en este vínculo. La película puede verse aquí. El artículo en respuesta a Carlos, va a continuación:


Perder es cuestión de método

Si la derecha gana volvemos a lo que hemos tenido por veinte años de gobierno de ARENA. Si gana el Frente seguimos el camino que abrieron esos veinte años de gobierno de ARENA y que se ha profundizado en el gobierno actual. Ese parece ser el escenario. ¿Qué ha cambiado, desde 2009 hasta hoy y qué posibilidades muestra el Frente de ser el sujeto de un cambio más sustancial en el futuro próximo? Esas parecen ser las cuestiones del debate que se encuentran en el fondo de la pregunta ¿voto o no voto?

Nos parece que es necesaria la discusión en tanto que posiciones academicistas, pragmáticas y utilitarias, intentan poner un énfasis desmedido en las próximas elecciones legislativas. Directa o indirectamente se está pidiendo el voto por un partido político que está engarzado en la argolla del aparato estatal, que está succionando los recursos del Estado y que carece de una visión política de largo plazo, al amparo de ese pragmatismo inmediatista del second-best y de las posibilidades “objetivas” inmediatas… Cómo ha servido ese planteamiento de efecto retardatario a la historia en otras coyunturas, creo que no necesita demostración.

Creemos que nuestra pregunta inicial bien puede traducirse a dos preguntas quizá más operativas: ¿Es el FMLN una opción de izquierda y, en consecuencia, un sujeto con una visión contrapuesta de lo que es el poder, el devenir social y, por tanto, la construcción consciente de la historia? Si es de izquierda ¿de qué tipo de izquierda estamos hablando y qué papel juegan los intereses del movimiento social en esa estructura? Esos elementos nos darán la idea hasta qué punto el Frente puede ser el agente que lleve al seno del aparato estatal los intereses concretos del movimiento social o, por el contrario, seguirse inflando como burbuja de la burocracia politiquera.

Si no nos equivocamos, ser de izquierda es estar con la gente. Ser ese sujeto de transformación desde lo pequeño, independientemente si estamos o no en el aparato del Estado. Si me equivoco, ser de izquierda tal vez sea ponerse gordo con los recursos del Estado o hacer el juego a los grandes grupos de poder económico, diciendo una cosa y haciendo otra. Pero para ser consecuentes con los intereses de la gente –que, vamos, tampoco hablamos de toda la gente, sino de las mayorías históricamente excluidas-, hay que adoptar una posición política determinada (política en tanto trasgrede esos bastiones de poder que excluyen y discriminan en el plano económico, social, político, cultural, etc.).

Esa posición política lleva implícita una actitud contra-hegemónica frente a las líneas teóricas y programáticas de la estructura dominante. No se construye una nueva sociedad reproduciendo los vicios del pasado. Si la historia, hasta hoy, ha sido la construcción de realidades que enajenan al ser humano en todos los aspectos fundamentales de su vida; hoy, la izquierda debe buscar la construcción de nuevas realidades donde esa enajenación caiga por su propio peso. Esa, creemos, es la visión de la historia que puede permitir ese ascenso –la dinámica del “equilibrio móvil” como dice Furtado- para que esta realidad que vivimos (o malvivimos) se transforme y se encamine a una sociedad más igualitaria y sustentable.

En esa idea es que, por ejemplo, podríamos cuestionar la ideologización del Frente. ¿Dónde queda el compromiso con una formación de verdaderos cuadros, de dirigentes capaces de hacer un contrapeso ideológico, político y cultural al sistema dominante? Y ahí la campaña electoral recién comenzada ha develado esos síntomas vomitivos de la desesperación humana: no hace falta más que transitar por el centro de San Salvador para ver como las bases del FMLN agitan banderas en chores apenas más grandes que la ropa interior que portan –nótese la utilización arcaica de la mujer en estas actividades-, sin que tengan la más mínima percepción de la lucha de clases, de la dinámica del capitalismo y otras cosas esenciales que cualquier izquierda debería transmitir a sus bases, aunque sea por imagen.

La exclusión y la discriminación de sectores cada vez mayoritarios de la población están determinadas, en primer lugar, por la lógica misma del sistema de producción vigente y, segundo, por la forma en que en el plano de lo concreto, esa lógica se traduce en ciertas políticas públicas que le dan sustento y la reproducen, es decir, por el patrón de acumulación. Esto no deja de lado otros elementos no económicos cuyo carácter excluyente se consolida a partir de las relaciones de producción capitalistas y de las políticas neoliberales (como, por ejemplo, el adultocentrismo o el patriarcado).

¿El Frente está jugando algún papel en la transformación de estos elementos? Obviamente, no. Ni lo intenta. Recordemos las reformas tributarias, la negación de modificar las líneas del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, la próxima implementación del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, la contratación de más y más deuda –que además de ser un mecanismo de drenaje de la riqueza nacional es una forma de sometimiento a las condicionalidades de las instituciones financieras internacionales-, el reconocimiento tácito de la dolarización, recordemos el decreto 743 y el amarre del principal órgano judicial del Estado que dicho decreto promovía. Recordemos la imposición de candidatos en las alcaldías, etc.

En tanto partido político, el Frente ha renunciado a los ideales revolucionarios que en su momento le dieron sustento. Así lo ha dicho Medardo Gonzales al declarar en una entrevista reciente que el Frente no buscar cambiar el “sistema”, ese sistema que se llama capitalismo y que es de suyo excluyente y empobrecedor. Ese sistema que vive a costa de la sangre de las y los trabajadores y de la destrucción de la vida en todas sus formas. Ese sistema que pone en entredicho la reproducción de los seres humanos y que día a día muestra su voracidad a través de la militarización del mundo.

Tampoco quieren cambiar el neoliberalismo. A pesar del discurso la bancada del Frente ha aprobado las tímidas reformas fiscales que siguen beneficiando a los mismos de siempre –quizá no a las mismas personas, pero sí a la misma clase: los grandes empresarios capitalistas. Ello a pesar de que tienen en las manos la evidencia de la evasión y elusión que llevan a cabo las grandes empresas, que saben –y si no lo saben ¿cómo pueden denominarse revolucionarios? Digo, revolucionarios como Dios manda (si es que Dios manda en estas cosas, aunque lo dudo)- que saben bien, repito, cómo en los últimos veinte años el modelo neoliberal ha profundizado las brechas de desigualdad, la explotación de los y las trabajadoras, la inseguridad social de niñas, niños, adolescentes y adultos mayores, la depredación del medio ambiente, la inseguridad y dependencia alimentaria, entre otras cosas. No hay un cambio sustancial en la política comercial, en la orientación del apoyo al aparato productivo, en la política monetaria –que nos fue robada-, en la política laboral, donde los salarios siguen siendo de hambre; en las políticas sectoriales, como la de Juventud, la de Niñez, etc.

¿Se puede juzgar a las bases por las declaraciones de Medardo y por la eliminación de los estatutos del Frente de su carácter “socialista”? No, no es suficiente. Estoy convencido que en las bases hay gente valiosa y consecuente, como en toda estructura de izquierda. Sin embargo, las declaraciones de Medardo expresan al partido. Y las bases, lastimosamente, han dejado de formar parte de ese elefante blanco, de esa mascarada que es el Frente. Además, añadamos el peso de la enajenación, si no ¿de dónde explicar que en un país pobre aún tenga tanto voto duro un partido como ARENA? El hecho de que el Frente tenga todavía algún margen de maniobra sobre la conciencia de la gente no lo convierte en un referente a nivel político y revolucionario. Mucha de esa incidencia responde al símbolo sostenido en la hipocresía. Como todo símbolo que no deja avanzar sino que la retrasa o la contiene, esa imagen “heroica” del Frente debe ser desechada.

A pesar de las movilizaciones, a pesar del voto duro, a pesar de poner el pecho ante cualquier acto de violencia de la ya empezada campaña electoral, las bases carecen de una representación en el Frente: ¿qué han hecho los treinta y tantos diputados del Frente por modificar tan sólo en parte la actual estructura económica, que deja fuera del repartimiento del pastel económico a la mayoría del pueblo y se la entrega a unos pocos (que en ocasiones ni siquiera es la burguesía nacional)? ¿Qué ha hecho ese partido para fortalecer la democracia interna, la representación de los intereses de las minorías, la lucha contra el patriarcado, contra el adultocentrismo? ¿Qué está haciendo el Frente para ser de la gente y para la gente? ¿Qué está haciendo para desmantelar la burocratización del aparato estatal, para fortalecerlo con miras a un sistema de protección social universal como en momento se planteó?

¿El asocio para el crecimiento, la Ley de Asocios Público-Privados, la militarización de la seguridad ciudadana? ¿Es esa la política pública del pueblo? Esas bases que salen a jugarse el pecho ahora, en la campaña por las diputaciones y las municipalidades, parecen no querer aceptar –o desconocen-, que esas medidas a nivel macro no tocarán los hilos medulares de la situación precaria de sus hogares. Las bases están jugando un papel subsidiario y marginal en la verdadera construcción de políticas públicas y de cualquier proyecto político más o menos coherente.

Por eso creemos que ir a votar y votar por el Frente también equivale a votar por la derecha. ¿Basta el discurso para ser de izquierda? No. Ser de izquierda es una cuestión de praxis y el discurso viene en consecuencia. Si el FMLN tuviera el poder abajo y a la izquierda –es decir, en el verdadero lugar donde cualquier alternativa antisistema deberá ubicarse para ser consecuente-, no sería necesaria la gran campaña mediática que está llevando a cabo. El caso de Evo Morales es aleccionador en este sentido; para llegar al poder no le fue necesario ni siquiera agotar la deuda electoral… Y se debe a lo que ya sosteníamos como necesario: el enraizamiento real del partido en el movimiento social.

Los cambios sustanciales a nivel del aparato de Estado y del patrón de acumulación vigente distan mucho de depender de los resultados electorales. Es la gente, el movimiento social vivo el que hará que la historia avance. La miopía que en muchos casos no nos deja ver que hay muchos esfuerzos fuera del marco de la institucionalidad política del sistema es la que nos está llamando a defender el voto por la “izquierda” abanderada por el Frente, esa miopía es la que nos lleva a tomar partido por opciones electorales y dejar en segundo plano el verdadero motor del desarrollo: la gente, su unidad, su lucha diaria por la vida.

La búsqueda de nuevos paradigmas es un paso fundamental para poder llegar a una nueva sociedad. Y si, es cierto, no basta con reunirse, estar atomizados y hablarse al oído sobre cómo estamos haciendo la revolución, qué consecuencia la nuestra, cuán revolucionarios somos. Una izquierda verdadera debe salir a la calle y darse al pueblo, porque debe ser el pueblo mismo. Creo que el problema de nuestras izquierdas es eso: la atomización y la separación de la gente; pero quien más adolece de eso es el Frente, que se ha burocratizado e institucionalizado en el sentido más peyorativo del término y por ello es el bastión menos representativo de los intereses del pueblo.

Carlos, ¿no nos estamos quedando en el exitismo, en ese minimalismo electoral que la historia se encargará de superar a pesar nuestro? Que no nos ciegue la academia. La política se hace ensuciándose las manos, no la boca pidiendo el voto.