viernes, 24 de febrero de 2012

Salud, protección social y desarrollo de las juventudes

Publicado en el boletín "Apuntes de Economía Crítica" de la Asociación de Estudiantes de Economía de la Universidad de El Salvador (AEE); en el número monográfico sobre problemática de las juventudes salvadoreñas (Vol. 2, número 1)


La salud y la protección social son derechos internacionalmente reconocidos, inalienables para cualquier persona. Un estado de vida saludable es una condición sin la cual no es posible alcanzar el desarrollo de cada persona y de la sociedad en su conjunto. La Convención Iberoamericana de los Derechos de los Jóvenes (CIDJ), sostiene en sus artículos 25, 28 y 31 que las y los jóvenes deben tener el acceso que les sea necesario a todo tipo de servicio de salud y de protección social y de vivir en condiciones ambientales que no contravengan a su desarrollo fisiológico.

En El Salvador, tanto el acceso (físico y económico) como la calidad de los servicios de salud siguen siendo precarios. A pesar de que han mejorado los indicadores de salud, el acceso a medicamentos, bienes fundamentales para garantizar la salud, ha estado sistemáticamente negado a la mayoría de la población. Una investigación de la Universidad de El Salvador (UES) mostraba que para 2006 el precio de muchos medicamentos sobrepasaba en 270 veces el Precio Internacional de Referencia (PIR) en el caso de medicamentos originales y de 600 veces el precio de los medicamentos genéricos [1].

Sin embargo, los medicamentos son elementos paliativos de la situación médica de la población, de suyo responden a una naturaleza restaurativa; por el contrario, las condiciones socio-ambientales, mediadas por el desenvolvimiento económico, es la estructura que al final de cuentas determina y condiciona la salud de las personas [2].

La desregulación del mercado de medicamentos, el aumento constante de los precios a nivel nacional, la apertura de la economía a las mercancías extranjeras y la consecuente destrucción de la seguridad alimentaria, la configuración de un modelo productivista que destruye la salud de las y los trabajadores y la sustentabilidad del medio ambiente, el empobrecimiento progresivo y la precarización de las condiciones de vida de toda la población, entre otros, son los factores que se encuentran a la base de la precarización de la salud.

En ese sentido, resulta significativa la relación existente entre morbilidad y pobreza. Según información de DIGESTYC, a medida que disminuye el nivel de ingreso aumenta la incidencia de algún tipo de enfermedad. Si a esto agregamos las limitantes que presenta el mercado de trabajo y la propia dinámica económica, cuyos niveles de pobreza a nivel nacional alcanzan al 37.8% de la población, y considerando también que cerca del 60% de la población total es menor de los 30 años, tendríamos elementos suficientes para considerar a la juventud como socialmente vulnerable a una precaria situación de salud (caso que también afecta, de paso, de forma significativa a la niñez y a la adolescencia).


Gráfico 1: Incidencia de la morbilidad según nivel de pobreza, 2002 – 2010

Fuente: Elaboración propia en base a información de DIGESTYC.


La cultura patriarcal que pervive en la sociedad salvadoreña también genera inaccesos diferenciados a la salud según el género de las personas. Un claro ejemplo es la situación en materia de salud sexual reproductiva, donde la salud de la mujer es siempre relegada o dependiente de las decisiones del hombre. Para 2007, cerca del 44% de las mujeres jóvenes encuestadas por el Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP), expresó no usar métodos anticonceptivos en sus relaciones sexuales, a diferencia de los hombres, de quienes sólo el 19% no usaba nunca métodos anticonceptivos [3].

En este sentido cabe que recordar que por las condiciones en que el patriarcado enmarca el rol de la mujer, son precisamente las mujeres jóvenes quienes se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad en el tema de salud sexual reproductiva debido a todas las formas de violencia sexual que viven tanto al interior de los hogares como en sus comunidades, lugares de trabajo, etc., y de la discriminación sistemática para el acceso a salud.

En 1996 la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció que la violencia es un problema de salud pública fundamental, y por tanto factor concomitante para el desarrollo pleno de las personas en tanto seres humanos [4]. Tal como ha sido presentado por distintos medios, los indicadores de violencia han venido aumentando en los últimos años, un ejemplo es el número de homicidios cometidos diariamente, que en lo que va en del año asciende a un promedio de 11 [5].

Un caso particularmente importante es el de los feminicidios, es decir, el asesinato de mujeres [6]. Sobresale, desafortunadamente, por el grado de crueldad con que dichos asesinatos son cometidos, siendo las víctimas en la mayoría de los casos previamente torturadas, abusadas sexualmente, denigradas y finalmente asesinadas con lujo de barbarie. Como sosteníamos más arriba, esta situación no escapa de los determinantes socio-culturales del sistema patriarcal, donde el cuerpo de la mujer es cosificado a tal extremo que su degradación y violentación es un mecanismo de reafirmación masculina.

Los datos de la Tabla 1 muestran el 24.6% de los feminicidios se concentran en el rango de edades de 18 a 25 años, sólo superado por el rango de 25 a 35 años. No obstante, la incidencia sobre las jóvenes podría aumentar si consideráramos los rangos de edad que la CIDJ establece para la “juventud” (15 – 24 años).


Tabla 1:Feminicidios ocurridos en El Salvador, enero – julio 2011

Rangos de edad

Feminicidios

Número

Porcentaje

0 a 12 años

6

1.7

12 a 18 años

43

12.3

18 a 25 años

86

24.6

25 a 35 años

91

26.1

35 a 60 años

82

23.5

60 a más años

21

6.0

N. d.

20

5.7

Total

349

100

Fuente: Observatorio de violencia de género de ORMUSA.


Todos los elementos que precarizan la situación del derecho de las y los jóvenes a la salud están mediata o inmediatamente relacionados con el proceso de acumulación de capital. La conformación de un oligopolio en el mercado farmacéutico y la apertura de la economía a la competencia extranjera han profundizado la escasez y consecuente encarecimiento de los medicamentos [7]; la disminución del aparato estatal, producto del ajuste estructural llevado a cabo en la década de los noventa, ha reducido de forma sostenida la inversión pública en materia de salud (infraestructura, personal, atención, investigación médica) [8].

Pero detrás de la apertura económica, detrás de la estructura oligopólica del mercado y de la reducción del Estado, están las leyes inherentes de la acumulación capitalista a escala planetaria. El patrón de acumulación neoliberal ha fomentado estas tendencias a través de la desregulación de los mercados de bienes, factores y capitales, destruyendo la producción de miles de pequeños productores y desvalorizando progresivamente la fuerza de trabajo –fenómeno en que las y los jóvenes han sido impactados de forma particular [9]-, y es éste el elemento determinante que precariza la salud de las juventudes.

En este sentido, las carencias estructurales del capitalismo y la crisis que ahora sufre promueven la profundización de la vulneración de los derechos de la juventud. La superación de las relaciones de producción capitalistas es una condición para garantizar la salud de la población en general y de la juventud de forma particular. Consideramos, por tanto, que lograr un estado de salud integral pasa por una reivindicación política donde los y las jóvenes adquieran un papel protagónico. La crisis del capitalismo a nivel mundial pone en primer plano todas las oportunidades para un cambio sistémico. Las condiciones objetivas están dadas, es momento de hacer lo nuestro desde nuestra praxis y nuestra conciencia.


Notas:

[1] Observatorio de Políticas Públicas en Salud (OPPS). Disponibilidad y precio de los medicamentos esenciales en El Salvador durante el segundo semestre de 2006. OPPS-UES. 2006.

[2] Breilh, Jaime. “La desigualdad ante la muerte: epistemología y epidemiología”. En: Dierckxsens, Wim y Mario Fernández. Economía y población: una reconceptualización crítica de la demografía. DEI. 1979.

[3] IUDOP. Resultados generales “Encuesta nacional de juventud”. IUDOP-UCA. 2007.

[4] OMS. Informe mundial sobre la violencia y la salud. OMS. 2006.

[5] Hasta septiembredel presente año, el número de homicidios había oscilado entre los 7 y 14 asesinatos diarios según informaciónde la Policía Nacional Civil (PNC). Ver nota: http://www.elsalvador.com/mwedh/nota/nota_completa.asp?idCat=6358&idArt=5188194.

[6] El término feminicio ha sido introducido en la lengua castellana por Marcela Lagarde, a partir de la categoría “femicide” acuñada inicialmente por Jill Radford y Diana Rusell. Literalmente, “femicide” se traduciría por “femicidio”, pero éste sólo considera el asesinato de una persona del sexo femenino sin tener en cuenta los condicionantes sociales del fenómeno. El término “feminicidio”, por su parte, hace hincapié en las relaciones de poder que están a la base del asesinato de mujeres. El feminicidio es la forma extrema de la violencia ejercida contra las mujeres.

[7] Para más detalle sobre estos dos aspectos ver: FESPAD. “Desabastecimiento de medicamentos, desregulación y mercados oligopólicos en la industria farmacéutica”. En: Políticas públicas hoy. Año 5. Número 47. San Salvador, El Salvador. 2010.

[8] En efecto, según ha sido reconocido por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), los principales obstáculos para garantizar el derecho a la salud de las y los salvadoreños es el déficit en el acceso a servicios médicos, la persistencia de medicamentos con precios altos y el bajo nivel de inversión pública en salud. Ver: FESPAD. Op. Cit.

[9] Ver el artículo introductorio de este boletín “¿Qué entendemos por juventud?”, y nuestro artículo “Ley de primer empleo y exclusión de la juventud”. En: Apuntes de economía crítica. AEE. Vol. 1. Número 4. San Salvador, 2011.

miércoles, 1 de febrero de 2012

En la muerte de Aquiles Montoya

Recibí su último correo. “Sos de los pocos a los que desde ya invito a mi velorio”. No le creí. Intuí un resquicio de burla, pero también de verdad. Le contesté que habría tiempo todavía para dar la lucha con este pueblo, que ya estaría mejor, que nos veríamos el sábado que viene.

“Sos de los pocos…”. No le creí, pero esas palabras dolieron. Por lo premonitorio, lo cruel –quizá- que había en ellas.

Menos de 24 horas después Aquiles Montoya había fallecido.

Me escribió, “puedo morir tranquilo”. Pero es bien difícil leer unas líneas como esas de un hombre como él. Él, que era sincero hasta la dureza. Él, su sencillez y su risa.

Era de los referentes que nos iban quedando. De los pocos que hay en este país y en este ahora.

El viernes por la tarde cuando me avisaron, sentí un basto, inexplicable vacío. Quién nos dice ahora que no nos estamos tirando al vacío en muchas cosas.

Como a mis muertos cercanos, lo lloré a mi modo y en secreto. A solas.

Lo enterramos un domingo a la mañana. Hacía sol y mosquitos y recuerdos y tristeza. A Aquiles lo veo dando más todavía y tanto más cuanto sea necesario mientras dure la gesta libertaria de este pueblo.

No somos sólo esta materia que se cansa, somos el trozo de historia que ayudamos a construir. No hay muerte en la muerte de un hombre que vivió por la vida: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado” (Hemingway).

Hasta donde estés, un abrazo fraterno, compañero.