viernes, 4 de mayo de 2012

El "bono demográfico" no existe (Implicaciones demográficas de la acumulación del capital)


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En los últimos años el crecimiento demográfico a nivel mundial ha mostrado una tasa mayor en los segmentos de la población infanto-juvenil, fenómeno mismo que comienza a hacer agenda mediática debido a la presión social de las juventudes que, por un lado, se enfrentan a las limitaciones sistémicas para su participación efectiva y, por otro, se asumen como su negación propia a partir de su desarraigo ideológico y político. El pensamiento acrítico ha querido ver en esto “la mitad llena del vaso”; con toda la falta de capacidad teórica y política, los voceros de organismos multilaterales como la ONU, pregonan que el crecimiento relativo de las juventudes es una “oportunidad para el desarrollo”.

Bajo este paradigma se enarbola la cuestión del “bono demográfico”. El bono demográfico se refiere a que el crecimiento del segmento juvenil de cualquier población aumenta las posibilidades de generar recursos económicos debido a que la mayoría de la población se encuentra en edad de trabajar. En consecuencia, disminuye de forma relativa la dependencia económica de la sociedad en general, sobre todo la dependencia que puedan tener las y los adultos mayores y la niñez.

Según CEPAL “durante la transición demográfica hay un período en que la relación de dependencia desciende sustancialmente a medida que aumenta el peso relativo de la población en edad potencialmente productiva y disminuye el de las personas en edades potencialmente inactivas. En este período se crea un contexto especialmente favorable al desarrollo debido a que aumenta la viabilidad del ahorro y la oportunidad de invertir en el crecimiento económico, al tiempo que se reduce la demanda de recursos para la educación básica. En general, a este período se lo identifica como bono demográfico o ventana demográfica de oportunidades en alusión a las posibilidades que la coyuntura demográfica ofrece para incrementar las tasas de crecimiento económico per cápita y, por ende, los niveles de bienestar de la población”[1].

Muchas organizaciones de la sociedad civil y de los aparatos estatales a lo largo y ancho de América Latina, están asumiendo el enfoque de CEPAL. Paso a paso –lo que no significa que sea un proceso lento-, este enfoque se vende o se regala con la suma demagogia de decirles a las juventudes que salir del subdesarrollo depende de su juventud misma. Que tener menos de treinta años es, per se, una oportunidad que sólo requiere de un trampolín para ponerse al vuelo. Y que ese trampolín son las políticas públicas. Y que el aliado estratégico, por tanto, es el aparato del Estado, la empresa privada con responsabilidad social, las señoras de alta sociedad que financian los proyectos de inclusión social, los distinguidos gentlemen que donan buen billete, etc. 

Bajo un enfoque de derechos el término no sólo es peyorativo (bono supone una ganancia, una rentabilidad; es decir, supone la utilización lucrativa, mercantil, de los seres humanos), sino también implica alejarse de la concepción del “sujeto de derechos”. Un sujeto que además es “concreto, diverso, necesitado”. Y por ser concreto, diverso y necesitado, por el solo hecho de ser un ser humano, su utilización mercantil, su cosificación, implica la violentación de su dignidad humana[2].

Siguiendo un enfoque de economía política, el fenómeno del “bono demográfico” no es ni siquiera posible. La dinámica del capitalismo, basada en la competencia creciente por una cuota del mercado, lleva implícita la necesidad de la tecnificación del proceso de producción capitalista de mercancías; la tecnificación supone el desplazamiento relativo de la fuerza de trabajo frente al aumento de los medios de producción como mecanismo para: a) producir de forma más eficiente determinadas mercancías; b) producir más y de forma diferenciada; c) reducir el valor individual de las mercancías de forma que la brecha entre valor y precio se amplíe y se acceda a una plusganancia. En suma, estos elementos evidencia que la sustitución de fuerza de trabajo por medios de producción tiene como finalidad la reducción sistemática de los costes.

La sustitución de fuerza de trabajo implica: a) la “destrucción” de la parte viva de las fuerzas productivas de modo que aumente la tasa de ganancia individual; b) un aumento de la tasa de explotación de la población trabajadora en el circuito capitalista de la economía; c) la tendencia, en el largo plazo, hacia una caída de la tasa de ganancia social y, por tanto, hacia la crisis.

La generación de una población cada vez mayor de desempleados –contingente que puede llegar incluso a estabilizarse en ciertas coyunturas-, es un fenómeno consustancial al desenvolvimiento de la sociedad capitalista. A medida que ésta se desarrolla, se desarrolla también la superpoblación relativa. Por tanto, a medida que el capitalismo se asienta como una realidad mundial, la exclusión de la población a nivel planetario se consolida. El crecimiento demográfico en los segmentos medios de la pirámide poblacional, es decir, el aumento de la población en edad de trabajar no puede proponerse como oportunidad por sí misma, puesto que no existen las condiciones para que dicha población se inserte de manera efectiva en la vida productiva de la sociedad.

Esta población remanente, que en un principio es un fenómeno puramente demográfico, adquiere significación económica pues es funcional al proceso mismo de acumulación de capital. Marx señala: “la superpoblación obrera es producto necesario de la acumulación o incremento de la riqueza dentro del régimen capitalista, esta superpoblación se convierte a su vez en palanca de la acumulación del capital, más aun, en una de las condiciones de vida del régimen capitalista de producción”[3].

En efecto, la superpoblación relativa adquiere carácter funcional al modo de producción y se convierte en ejército laboral de reserva[4]. Es decir, además de ser la parte excedente del proceso de creación de riqueza, es un contingente de fuerza de trabajo que, al representar la oferta de mano de obra en el mercado laboral, permite que el salario tienda a disminuir secularmente. La disminución del salario permite, a su vez, reducir la proporción del capital variable dentro del capital total desembolsado y, manteniendo la misma tasa de ocupación, aumentar la cuota de plusvalía y en consecuencia la tasa de ganancia.

Durante los años de vigencia del patrón de acumulación neoliberal, la precarización de la fuerza de trabajo ha ido en ascenso. Esta precarización comenzó con la flexibilización de los mercados de trabajo en todo el mundo[5], lo que permitió aumentar el contingente del ejército laboral de reserva, es decir de la superpoblación relativa. La población que permaneció “asegurada” era la fuerza de trabajo adulta, cuya contratación se efectuó en momentos en los que la flexibilidad era menor y que contaba, por tanto, con algunas garantías laborales. De eso se parte de que la gran crisis del neoliberalismo –pero también su esencia operativa misma- encuentre en las juventudes de todo el mundo a las víctimas principales en su orgía de “destrucción de las fuerzas productivas”.

De esto se concluye, también, que el pretendido “bono demográfico” es una falacia dentro del modo de producción capitalista. Es aún menos posible dentro de las características que el capitalismo asume en su fase neoliberal. Pero suponiendo incluso si las posibilidades existieran ¿es lo que necesitan las juventudes en el momento presente? Consideramos que no. El mundo occidental fetichizado por el mercado está atentando contra la vida y dignidad humanas. Los pueblos necesitan otra alternativa; una alternativa, por tanto, eminentemente anticapitalista.





[1] CEPAL. Panorama social de América Latina. CEPAL. 2008. Pág. 149.
[2] Hinkelammert señala: “Es ahora el universalismo del mercado basado en la concepción del individuo universal […] Sin embargo, desaparece y es reprimido el sujeto humano concreto y necesitado. El individuo es propietario, no es sujeto”. Hinkelammert, Franz. Hacia una crítica de la razón mítica. Dríada. 2008. Pág. 29. El individuo como propietario es, entonces, partícipe en la generación, realización y/o apropiación del plusvalor, aporta a la reproducción ampliada del capital (al “crecimiento económico” de la teoría neoclásica). Pero esa participación es un proceso que de por sí lo mutila, que lo desgasta en su humanidad, le resta la posibilidad de ascender a ser sujeto.
[3] Marx, K. El capital. FCE. 1964. Tomo I. Pág. 535.
[4] Campanario, Paulo y Ernesto Richter. “Superpoblación capitalista en América Latina”. En: Dierckxsens, Wim y Mario Fernández. Economía y población. EDUCA. 1979. Pág. 316.
[5] Quizá las únicas excepciones hayan sido, antes de la crisis actual, los países europeos y norteamericanos. Sin embargo, las reminiscencias del Estado de Bienestar que treinta años de neoliberalismo no habían terminado de socavar, se han venido abajo en los dos últimos años ante la crisis fiscal que azota a la Unión Europea y a Estados Unidos, principalmente.