domingo, 4 de noviembre de 2012

Algunas consideraciones sobre las finanzas públicas en El Salvador


Entrada la década de los noventa, comienzan a implementarse en El Salvador las reformas contenidas en los Programas de Ajuste Estructural y de Estabilización Económica (PAE-PEE), impulsados por el gobierno de Alfredo Cristiani (1989 – 1994) y entidades multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Uno de los principales lineamientos de estos Programas es el aumento y reasignación del ahorro interno[1],justificándose en la necesidad de liberar recursos financieros y áreas de actividad económica que permitan potenciar las iniciativas del sector privado dada la supuesta ineficiencia del Estado.

Una de las principales estrategias para aumentar el ahorro interno es la restructuración del sistema de impuestos. Dentro de ella, se plantea la reducción de la dispersión arancelaria y la simplificación del sistema tributario como mecanismos para evitar la evasión y elusión fiscal, mejorar la administración de los tributos e incentivar el pago de los mismos; ello, no obstante, se hacía con el costo de reducir el abanico de impuestos y, por tanto, limitar las opciones del sector público para acceder a recursos financieros.

En ese sentido, a principios de la década del noventa se inicia la centralización de la estructura tributaria sobre tres impuestos: el impuesto a la renta, cuya estructura fue simplificada; los aranceles a algunos productos importados; y el Impuesto al Valor Agregado (IVA) que sustituyó a los timbres fiscales; se eliminaron la mayoría de exenciones tributarias, entre ellas, las exenciones a productos de consumo básico y medicamentos; se eliminaron los impuestos a las exportaciones y al patrimonio y se crearon algunos impuestos específicos al consumo (bebidas alcohólicas y tabaco, entre otros).

En la Tabla 1 se ha sistematizado un comparativo de los principales indicadores de la situación fiscal en El Salvador. Como es posible observar, la estructura tributaria es altamente regresiva al presentar un alto grado de dependencia del único impuesto al consumo (Impuesto al Valor Agregado, IVA), el que representa más de la mitad del total de ingresos tributarios percibidos por el sector público. Esta regresividad se combina con un alto nivel de ineficiencia de dicho impuesto. Según las estimaciones, aunque la eficiencia ha mejorado desde su implementación, el grado en que el IVA logra cubrir la base imponible (el valor agregado) se encuentra aún muy por debajo del nivel óptimo. Para 2011, el índice de eficiencia del IVA apenas alcanza el 60.9%.

La regresividad y la incapacidad de la estructura tributaria, aunada a la incapacidad de las instituciones encargadas de su administración, han incidido en la profundización del déficit fiscal, el cual alcanza, para 2011, los $714.8 millones. Esta situación obliga a la contratación de deuda, la que, en el caso salvadoreño, ha aumentado un 54% en los últimos cinco años. A su vez, esto determina los bajos o nulos niveles de ahorro corriente y la incapacidad del sector público para invertir en las áreas prioritarias para el desarrollo del país (infraestructura, banca de desarrollo, programas productivos, seguridad social y previsional, entre otras).


Tabla 1: Indicadores sobre la situación fiscal en El Salvador, comparativo 1992 –2011
(Millones de dólares y porcentajes)
Fuente: Elaboración propia con información del Banco Central y Ministerio de Hacienda.

Con la entrada del gobierno de Mauricio Funes en junio de 2009, se planteó la necesidad de intervenir en áreas prioritarias para el desarrollo económico y social. En ese entendido, con el apoyo consultivo del Consejo Económico y Social (CES) se elaboró el Plan Quinquenal de Desarrollo (PQD), que condensó “las grandes apuestas, los retos prioritarios, la promoción de los intereses nacionales”[2].

El PQD contiene como columna estratégica de la planeación económica, el “saneamiento y fortalecimiento de las finanzas públicas”[3]; donde se concretan algunas metas de la política fiscal en sus cuatro componentes (políticas de ingresos, de gastos, presupuestaria y de financiamiento). A pesar de ser señalada, de forma reiterada, la necesidad de propender hacia un sistema fiscal más justo y eficiente, las reformas llevadas a cabo en el actual gobierno no han tenido la profundidad necesaria para aumentar de forma sostenida los ingresos, para reorientar los gastos hacia áreas prioritarias, para reducir la dependencia de la deuda externa y/o para mejorar la administración de los recursos estatales.

En efecto, con respecto a 2006 el déficit fiscal ha aumentado aproximadamente en un 200%,a pesar de que en los dos últimos años se han implementado medidas escasamente populares como el recorte del subsidio al gas licuado de petróleo, las reiteradas “políticas de austeridad” del sector público, entre otras. Ciertamente, aunque estas medidas pueden ser necesarias para aminorar la precarización fiscal, es fundamental señalar que las mismas no hacen mella en las condiciones estructurales que han influido en la consolidación de la crisis fiscal del país.

Estas condiciones estructurales se refieren a la ineficiencia de la institucionalidad del aparato estatal, al sesgo empresarial que han tenido las políticas económicas de los últimos veinte años, al condicionamiento externo que tiene la política económica, vía la contratación de deuda externa, entre otros elementos.

Como señala Arias, la evasión de impuestos, el endeudamiento público y la regresividad de la estructura tributaria son elementos que potencian la acumulación de los grandes capitales, mientras que precarizan las condiciones de vida de la clase trabajadora[4]. En este sentido, la política fiscal en específico y las políticas públicas en general, asumen un carácter de clase en el que un sector se ve favorecido, al no estar gravadas por impuestos sus recursos (por ejemplo, la inexistencia de un impuesto al patrimonio), evadiendo los impuestos que legalmente deberían pagar (a través de mecanismos ilegales), y beneficiándose de los recursos captados por otros sectores de la sociedad (por ejemplo, con los beneficios de la inversión extranjera en los recintos fiscales).

Para concluir, es necesario señalar algunos puntos en los que prioritariamente debería caminarse desde la administración pública para mejorar las finanzas del Estado. Como primer punto, es necesaria una reforma tributaria estructural que combine la progresividad del abanico de impuestos con la imposición sobre transacciones internacionales, tanto comerciales como financieras.

No menos importante es cortar los hilos de dependencia con las instituciones financieras internacionales, como el FMI, que siguen condicionando sus préstamos a la gestión de la política económica nacional; así como planificar el desarrollo de manera multidimensional y con un enfoque de derechos.




[1] Rosales, Osvaldo. “El debate sobre ajuste estructural en América Latina”. ILPES/CEPAL. Sin fecha. Pág. 10.
[2]Gobierno de El Salvador. Plan Quinquenal de Desarrollo. GOES. 2011. Pág. 12.
[3] GOES. Ibíd. Págs. 92 – 96.
[4] Arias, Salvador. Atlas de la pobreza y la opulencia en El Salvador. Editorial nacional. 2010. Págs. 46 – 62, 95 – 99. 

La Unión Europea: un modelo para desarmar

También publicado en Rebelion.org: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=158250


El mundo de hoy es una encrucijada que tira desde tres vectores: Estados Unidos, que desde la segunda guerra mundial se hizo con el poder hegemónico en términos económicos y militares; la Unión Europea, con economías, hasta hace poco,con relativa estabilidad, alto grado de desarrollo social y una posición estratégica en el tráfico de mercancías; y las economías asiáticas, principalmente Japón y China, que tienen altas tasas de crecimiento y una industrialización pesada y diversificada ya hacia las tecnologías de punta.

Estos son los centros dominantes en términos económicos y políticos. Lo demás sigue siendo periferia a pesar del auge de algunas economías como los BRICS; tal carácter está determinado por el rol que juega cada región en la estructura política a nivel mundial. Ello no desdice, sin embargo, el papel que éstos puedan jugar en un futuro más o menos próximo, dadas las posibilidades que se rescatan de la coyuntura de crisis en la que están sumidos los centros dominantes[1].

Si bien la crisis sistémica del capitalismo ha impactado a todas las economías del mundo, la forma en que se ha manifestado en el caso de la Unión Europea es particularmente dramática, principalmente debido a la desestructuración del Estado benefactor, que en el caso gringose roturó desde la entrada del modelo neoliberaly que en las economías asiáticas aún no cae o aún no asciende puesto que el paradigma del Estado de Bienestar es más occidental que Jesucristo.

Las elecciones en Francia han marcado un hito sustantivo. Con la llegada de Hollande a la presidencia y la consolidación del poder del partido socialista en las elecciones legislativas, se han comenzado a cabildear un paquete de medidas fuera de la órbita de las recomendaciones obligadas del FMI. Precisamente, a mediados de junio, la cuarteta Francia, Italia, Alemania y España (Hollande, Monti, Merkel, Rajoy: todos protagonistas de una novela más o menos trágica), se reunieron para llegar a acuerdos generales sobre la política regional que debería seguir la UE en materia económica. Es el camino del filo de la navaja, con Keynes a la izquierda y Friedman a la derecha de la derecha.

Lo que destaca es que de la mano de Hollande van abriéndose paso medidas más de corte keynesiano y, por tanto, de contradicción abierta frente al enfoque del FMI, es decir, frente al enfoque más perrunamente neoliberal que la historia conoce. Gravar las transacciones financieras, apostarle a la regulación de los bancos, poner en primer plano la inversión productiva, entre otras políticas, suenan un poco distinto al discurso neoliberal de recortar el gasto público o morir en el intento de resistirse.

El debate entre Keynes y el FMI puede abrir brechas importantes. Por un lado, el doble discurso de Rajoy y el maelstrom que empieza a tragarse a España –a Grecia le falta poco por sucumbir entièrement-, el parpadeo macroeconómico de Hollande, la persistencia de Merkel en hipotecar a los países pequeños, la generalización del paro y la forma en que los diferentes movimientos sociales asuman esta crisis, puede propiciar que la UE se fragmente en sub-bloques o que simplemente se desmorone poco a poco hasta no dejar más que el individualismo de los proyectos nacionales.

La deconstrucción del modelo integracionista de la  UE comenzando con el quiebre centro/periferia de la región misma (Francia, Alemania / España, Grecia, Portugal), es el quiebre entre políticas keynesianas y políticas neoliberales (especialmente, el enfoque del FMI); en este sentido, los países perdedores, amarrados al problema de la deuda y de la escasez presupuestaria parecen fatalmente destinados a venderse al Fondo, a asumir una agenda de ajuste estructural y a servir de válvulas para la acumulación capitalista de los países centrales (¿diremos en este paréntesis que parecen fatalmente destinados a ser una América Latina más vieja y más dramática, con el duelo interno de haber sido y de no ser?).

Sin embargo, el ciclo de la integración redunda en asumir políticas de compensación para los países menos favorecidos. A ello hay que añadir que regionalmente puede asumirse una reasignación del valor total generado y apropiado; pero eso parece no estar en ninguna de las agendas de los países centrales. Es más, las obligaciones y las agendas se han propuesto de forma diferencial para cada una de las partes, tan diferencial que los países centrales parecen estar blindándose frente a los nuevos embates que traerá la crisis, mientras que se exige que los países de la periferia se desnuden a partir de la reasignación del gasto público.

En el fondo es la aplicación, en el seno de la propia familia, de la ley del más fuerte. Las políticas que el centro europeo está aplicando es lo que deberían, pero no pueden, y no pueden porque no los dejan, los países de la Europa periférica. Como en el pasado, lo que puede salvar el modelo integracionista de la UE son las políticas de corte keynesiano. Pero ojalá y no se salve; a costa de la crisis capitalista en todo el mundo, con el desbarajuste sistémico en todo el globo, es que América Latina puede encontrar algunos caminos que desde hace algún tiempo parecen haberse perdido.

¿Qué pasa si la UE se desarma?En términos generales, si la UE se desploma como modelo económico y político, lo cual podría suceder en un mediano plazo si se aplica sistemáticamente la receta del FMI, podrían perderse las posibilidades para que Alemania o Francia echaran a andar sus proyectos de hegemonía regional y mundial; ello significaría el distanciamiento que la UE, como región, tiene con América Latina.

Caso contrario sucedería con Asia. En este contexto, si el hegemón surge de oriente se reestructura el sistema de relaciones de influencia económica y política a nivel mundial. Ahí podrán verse afectados positiva o negativamente los países que han entablado yarelaciones con los países dominantes del área asiática; no obstante, la intromisión imperialista puede ser menor dentro de los proyectos nacionales de los países de América Latina, con ello puede lograrse soberanía en ámbitos relevantes como el desarrollo rural, la integración y seguridad regional, las políticas de transformación estructural y la incidencia institucional en amplio sentido.

Para América Latina, salvo excepciones, la caída de la UE podría ser beneficiosa si se mantiene la tendencia reciente a la pérdida de hegemonía de Estados Unidos. Pero hay algo que aclarar: Estados Unidos perderá la hegemonía pero mantendrá una alta influencia en la región; de ello se encargarán las embajadas norteamericanas en cada país del continente, a la usanza de los años setentas y ochentas. Esa influencia será relativa y dependerá en no poco grado de la respuesta y la cohesión nacional en cada uno de los países, así como del auge que puedan alcanzar economías emergentes como la de Brasil.

Habrá que ver a la UE como un modelo para desarmar; un escaño que hay que ganarle a la historia y donde la crisis sistémica está sirviendo de cuña. Por el contrario, un proyecto contrahegemónico, enraizado en las necesidades concretas y especificidades de América Latina, deberá ser el primer punto en las agendas de nuestros países. No es posible diferir la planificación de nuestra autonomía; mucho menos es posible en este momento de la historia, hoy que como nunca antes es tan vigente la paradoja entre “socialismo o barbarie”. Pero ese socialismo tendrá que ser auténtico o no ser. Y al decir auténtico, apuntamos al carácter multidimensional del proyecto, a un nuevo paradigma que ponga al sujeto humano como ápice de su construcción socio-política, como finalidad pero también como principio y origen.

Los paradigmas que vio morir el siglo XX se fundamentaron precisamente en la eliminación del sujeto, en la contradicción irresoluble que se presenta en forma de individuo o de masa. Hay que caminar, necesaria y urgentemente, en otra dirección.




[1] Un caso interesante es la negociación de Brasil con el FMI para rescatar algunos Estados europeos. 

El ADA en la crisis europea

También publicado en Rebelion.org: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=150959


Las últimas noticias figuran un escenario cada vez más caótico en Europa. Grecia, vendida por algunos millones al Fondo Monetario Internacional (FMI); España, previsoriamente estancada de aquí a los próximos dos años, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos  (OCDE); Italia y Portugal con reducciones presupuestarias en el área social y tasas históricas de desempleo.

Grecia, por ejemplo, apenas ha comenzado a ver las consecuencias sociales y políticas del elevado desempleo y los recortes salariales. Un ejemplo claro es el considerable crecimiento que el partido nacional socialista está teniendo, no sólo en sus aspiraciones electorales sino también políticas; y llama a preocupación que el mismo sentimiento xenófobo ha sido reseñado en España y en el triste discurso electoral de Sarkozy.

La reivindicación específica de cada país, o de cada bloque subregional, frente al poder dominante de Alemania podrá romper lazos importantes en el futuro próximo, sobre todo con el escenario que se presenta tras la llegada al poder de François Hollande en Francia, que ha planteado una postura contestataria a las medidas de ajuste que se estaban implementando en España. Sin embargo, ello dependerá, en cierta medida, del margen de maniobra que el gobierno de Hollande adquiera tras las elecciones legislativas que se avecinan, sobre la tendencia que siga el ajuste estructural en los demás PIGS (hay que recordar que Portugal e Irlanda obtuvieron una calificación favorable en la evaluación del FMI).

Ese es el contexto en que en los próximos años –con lo irreal que pueda sonar la palabra “años” cuando segundo a segundo la marea se agita y terriblemente golpea al viejo continente, amenazando con hundirlo-, en ese contexto se jugarán los minutos decisivos en materia de políticas públicas. En el momento presente, los rines de debate son las políticas fiscal y monetaria; sin embargo, comienza a perfilarse la relevancia que podrá tener la política comercial sobre todo de cara a la crisis de hegemonía de los Estados Unidos. En este sentido, es que debe pensarse el Acuerdo de Asociación (ADA) que la Unión Europea tiene primariamente firmado con Centroamérica.

El ADA había venido negociándose desde los tiempos de la administración Saca, con el pretexto de que este acuerdo ponía en la agenda de un socio estratégico, defensor de los derechos humanos y alejado de la visión mercantilista de los Estados Unidos, las necesidades e intereses de las naciones centroamericanas. Además, claro está, de generar beneficios en materia comercial como la apertura de nuevos mercados y nuevos canales de recursos.

La negociación del ADA se término a mediados de 2010, y se firmó en mayo de 2011 un texto de acuerdos básicos que será ratificado por los Estados firmantes a finales de junio del presente año. Después de ello, los órganos legislativos de cada país deberán ratificar el acuerdo y establecer el inicio de su entrada en vigencia.

El ADA no es más que otro Tratado de Libre Comercio (TLC); es decir, no es más que un mecanismo para liberalizar los mercados de bienes y servicios así como los flujos de inversión directa o de cartera. En los discursos oficiales el ADA se ha vendido como un acuerdo de notorias diferencias con los tradicionales TLC’s. Las diferencias sustantivas radican en que el ADA contempla, además del eje de comercio e inversión, los componentes de diálogo político y cooperación para el desarrollo. Sin embargo, los informes de las rondas de negociación hablan mejor que los políticos de turno: el informe de la última ronda de negociación, fechado en mayo de 2010, muestra menos de una página dedicada a los acuerdos en materia de diálogo político y cooperación, mientras que el 90% del documento se dedica a la parte comercial.

Por ejemplo, en el caso del componente de diálogo político se sostiene que “el Acuerdo […] prevé una coordinación extensiva de posiciones con vistas a desarrollar y defender valores e iniciativas comunes ante los foros internacionales, incluyendo el ámbito de la política exterior y de seguridad”[1]. Es decir que se asumen agendas y posiciones comunes, a pesar de que estructural y políticamente son regiones distintas (por ejemplo, la diferencia que se deriva del distinto momento en que cada una se encuentra con respecto al proceso de integración económica) y a pesar de que el papel que cada región juega a nivel mundial son claramente diferentes y, en ciertos casos, hasta contradictorios. Así, el componente de diálogo político se perfila inequívocamente sesgado a los intereses geopolíticos de la Unión Europea y a sus estrategias de alianzas que vayan legitimando su política hegemónica.

En el componente de cooperación, el ADA establece “una amplia cobertura que permitirá una intensa cooperación en múltiples áreas”[2]. Lo que prácticamente no significa nada pues cabe cualquier cosa. Son estas premisas demasiado ambiguas las que reseñan la poca importancia que en las rondas de negociación tuvieron las necesidades concretas de las naciones centroamericanas.

Por el contrario, el componente comercial resulta ser el más desarrollado en las negociaciones, conteniendo de manera bastante precisa los acuerdos en materia de acceso a mercados, reglas de origen, aduanas y facilitación del comercio, defensa comercial, medidas sanitarias y fitosanitarias, obstáculos técnicos al comercio, comercio y competencia, contratación pública, propiedad intelectual, servicios e inversión, solución de controversias, integración económica regional, y todos los mecanismos específicos que estas áreas requieren. De este modo, el desequilibrio entre cada uno de los componentes es notable, donde el sesgo comercial evidencia el carácter mercantilista del ADA.

En el contexto de la crisis europea, el ADA serviría como mecanismo para repotenciar la acumulación capitalista en las economías europeas. Con la apertura de los mercados se amplía la órbita de circulación de las mercancías producidas en Europa, potenciando la realización del plusvalor y reduciendo, por tanto, los riesgos de una crisis de realización. No obstante, en el fondo de la disparidad entre oferta y demanda se encuentra la crisis de valorización a la que inercialmente tiende el modo de producción capitalista, esto está signado por la tendencia del capitalismo a ser expulsor neto de fuerza de trabajo sustituyéndola por medios de producción altamente tecnificados; como la composición orgánica aumenta, se reduce la tasa de ganancia, es decir la rentabilidad de las inversiones.

Además, los mercados de bienes y servicios en Centroamérica no representan ni la mitad del mercado de los países más pobres de la UE. No es que a la UE le interese migrar y realizar la plusvalía que en sus mercados interiores no pueden; sino que, más bien, el interés está centrado en la liberalización de las inversiones. Al liberar las inversiones directas y de cartera, los capitales europeos poseen entrada para controlar recursos medioambientales y espacios geopolíticos relevantes, poseen entrada a economías con regulaciones laborales más débiles, con menos obligaciones fiscales, con más oportunidad de avasallar los puestos del aparato estatal para disminuir sus costes de transacción, entre otras cosas.

La liberalización de las inversiones mejora la rentabilidad de los grandes capitales. Podría argumentarse que el ADA es un acuerdo entre países o, más precisamente, entre Estados y no entre empresas; sin embargo, no es posible desligar el accionar de los Estados de las grandes corporaciones multinacionales. Y, en efecto, las empresas multinacionales, con capacidad de aprovechar los acuerdos comerciales serían los canales para refuncionalizar las transferencias de valor y el medio para potenciar ese canal sería el ADA.

De hecho, la semana pasada el gobierno español anunció un trato fiscal preferente para las empresas que repatriaran utilidades; ello muestra que el valor producido en la periferia sería inyectado en las economías europeas para fortalecer el proceso de acumulación del capital y mantener algunas prerrogativas del Estado de Bienestar, que el proceso de ajuste está desbaratando en toda Europa. Aunque se ha señalado que Europa vive hoy algo a lo que América Latina ha terminado por habituarse, el ajuste no tendrá los mismos efectos devastadores en el plano social: la succión de valor que se podría operar en la dirección periferia-centro, vía las utilidades de las multinacionales, serviría de amortiguador de la gran crisis social que se avecina en los países más débiles de la Unión Europea, como España y Grecia.

Así las cosas, para Centroamérica en particular, “ser beneficiado con el ADA” no significa sino correr con la mala suerte de ayudar a costear la crisis en que la burguesía europea tiene sumidos a millones de personas. Suscribir el ADA abre una fuente de explotación y expropiación de nuestros recursos que vendrá a sumarse a la válvula de escape abierta por el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (CAFTA-DR).

Con el ADA no tenemos nada que ganar, sólo más cadenas.





[1] Comisiones de negociación del ADA. Informe de resultados de las rondas de negociación del ADA. Pág. 1. Disponible en: http://www.aacue.go.cr/informacion/rondas/CA-UE/Cierre/2010-05-18%20Principales%20Resultados.pdf.
[2] Ibíd. Págs. 1 – 2. 

El individuo como destrucción económica



“Hombres, mujeres y niños… extranjeros entre sus hermanos, heridos por quienes aman”
Peste Noire (Dueil Angoisseux)

El individuo es el ser aplastado por la historia, arrollado por la vorágine de la eternidad. El individuo es el ser humano mutilado de la posibilidad de ser sujeto. La historia puede aplastar al ser humano al erigir sobre sus hombros al hombre abstracto, ideal. Y decimos hombre adrede: un ser masculino que se convierte en el patrón universal que mide el desarrollo humano.

Sin embargo, por­ ser abstracto ese ser humano se aleja paulatinamente de la realidad concreta de la que debería estar en función. Es un hombre que nada tiene que ver con los hombres.En esta concepción subsiste, en el fondo, la necesidad de dominar en función de la división de la sociedad en distintas clases sociales. Es una abstracción que se construye para liberar al ser humano del reino de la necesidad, pero que deriva para someterlo, dominarlo, explotarlo, destruirlo.

Alguna reminiscencia de Platón –y de Parménides- resuena en la disociación entre lo sensible, lo corpóreo, lo humano, y lo suprasensible, las ideas, el pensamiento, lo divino. Aquí está lo concreto, absurdo, ininteligible; allá, el mundo que sí es posible conocer. Veremos esto más adelante, cuando la ciencia se ensimisma y la realidad es asumida como contingente.

El capitalismo hace que la desunión entre el ser concreto y el ser abstracto se logre. Al cimentar la satisfacción de toda necesidad humana –la vida misma- sobre la realización de los valores de cambio, el capitalismo promueve y consolida la preminencia del carácter abstracto del trabajo como tasa del valor de las mercancías. Como el ente abstracto se consolida a nivel social, el ente concreto es absorbido y reducido a lo contingente: no existe el ser humano, existe la razón, que aquí no es más que una mueca de la lógica formal, vaciada de cualquier contenido histórico.

El ser humano entonces pierde su relevancia en este mundo de los abstractos. Para hacerse presente, el individuo apela a lo único sobre lo que en teoría mantiene algún libre albedrío: su cuerpo[1]. El cuerpo como instrumento de inserción social, de actuación, de trascendencia del cuerpo. El individuo sublima su corporeidad y él mismo es la corporeidad fetichizada. Pero la negación de ese fetiche no es la superación de la individualidad, sino la negación del carácter humano de la humanidad y, por ende, la negación de la dignidad.

Esa corporeidad fetichizada es la exasperación de lo particular. Al asumirse en la concreción individual, enfrentada a la generalidad abstracta del mundo de valores de cambio, el sujeto carece de sentido. El individuo es el sujeto que ha muerto y que de ese modo se aleja doblemente de la realidad concreta[2]. El individuo dice: “el hecho de que yo exista, prueba que el mundo no tiene sentido”[3]. El mundo carece de sentido porque el sujeto se ha convertido en individuo, es decir, en la persona corpórea fetichizada. El mundo real no importa, importa el fuero individual, el cuerpo propio que es el único puente entre los individuos, y por ser el único puente se idealiza y se convierte en fetiche.

Cuando la subjetividad muere, la vida es mutilada. La corporeidad fetichizada explica que pueda nacer una dialéctica entre el sexo y la mercancía; el sexo se vuelve mercancía y la mercancía se sexualiza. El sexo, que da la vida, se convierte en dador de muerte. Y la muerte como mercancía expresa la fase donde el capitalismo asume su carácter necrófilo de la forma más clara. La muerte como producto de exportación, como parte fundamental de las cuentas nacionales, como equilibrador del saldo de la balanza comercial.

Actualmente, la industria de la muerte sostiene a los grandes imperios que se disputan el control hegemónico del mundo. A nadie escapa la importancia que tienen industrias como la producción de armas o la pornografía, en países como China, Estados Unidos, Japón, Alemania, Canadá, Reino Unido, es decir, en los países más “desarrollados” del centro capitalista.

Pero el individuo, además, asume la ética de la competencia. La competencia supone una lucha entre los distintos capitales de una misma rama o entre capitales de diferentes ramas de la producción por cuotas crecientes de apropiación del plusvalor. Como la tendencia histórica del capitalismo es hacia una tecnificación creciente –elemento que Marx ve, en cierto modo, positivo pues en el límite ello no puede derivar sino en crear una contradicción irresoluble entre las posibilidades de distribución y la distribución efectiva-, la composición orgánica aumenta y ello compromete la acumulación misma.

Cuando la composición orgánica aumenta y la tasa de plusvalía se mantiene constante o aumenta en menor grado que la primera, la tasa de ganancia tiende a disminuir. Pero como la tecnificación es una necesidad para reducir costes y ganar competitividad, la tasa de ganancia debe presentar una tendencia decreciente en el mediano-largo plazo.

Con la ética del individuo, la destrucción de la fuerza viva de trabajo, es decir, la sustitución de trabajo vivo por trabajo pasado, muerto, es un proceso eminentemente tecno-económico. En lanzar a la pobreza y a la degradación a cientos o miles de trabajadores, no media más que el cálculo de una tasa óptima de desempleo o inflación. Porque una x en una fórmula no dejará nunca de ser una x; una vida que se pierde, en cambio, no se recupera jamás.

Pero como la fuerza de trabajo es la única fuente creadora de valor, su destrucción física representa la destrucción misma del valor y de las posibilidades de acumulación[4]. Cuando la fuerza de trabajo es sustituida por medios de producción, la fuerza de trabajo efectivamente puesta en funciones asume una cuota mayor de productividad, la tasa de plusvalía, por tanto, aumenta; pero el grado de sustitución es tal que el poder social de compra no logra cubrir la producción de mercancías. La distribución se da a un nivel de concentración tan alto, que la producción por sí misma estimula la tendencia a la crisis; la discrepancia creciente y cada vez más deshumanizante entre la producción y la demanda efectiva sólo lograría superarse a través de un cambio radical en las relaciones sociales de producción.

En el valor del producto (VP), los movimientos pueden seguirse de tal forma que:

VP = C + V + P
VP = C↑ + 0 + P

Donde VP es el valor del producto a nivel social, C y V son los desembolsos de capital constante y variable, respectivamente, y P es la masa de plusvalor. Como C y V se mueven en direcciones contrarias, pueden llegar a equipararse cuantitativamente, por lo que VP puede no aumentar a costa de la destrucción económica de la fuerza de trabajo. Pero a pesar de que la riqueza se mantenga constante, el efecto es netamente empobrecedor, pues al caer V caen las remuneraciones percibidas por la fuerza de trabajo y con ello, se reducen las posibilidades de acceder a bienes y servicios en el marco de las relaciones mercantiles capitalistas, en las que la realización del valor de uso de las mercancías exige la previa realización de su valor de cambio.

Ya dijimos que el sujeto ha muerto para las relaciones de producción capitalistas. Existen las cosas y son, y los seres humanos dependen de ellas: es el fetiche rector del mundo, el fetiche de la mercancía. Marx sostenía que a una base económica le corresponde una serie de estructuras sociales que asumen el carácter de esa base[5]. La ciencia, por tanto, no es ajena a la dinámica donde el sujeto muerto y acallado es la piedra angular de la praxis.

La economía, que nace de y para legitimar el orden vigente de la explotación y enajenación del sujeto, no puede poner en primera plana precisamente esas condiciones intrínsecas a la producción capitalista. Es una derivación necesaria de su desarrollo. De ahí que la historia del pensamiento económico sea fundamentalmente contradictoria, que hayan idas y vueltas y que se mate a los grandes paradigmas para resucitarlos de nuevo[6].

No obstante, en la mainstream, en la economía neoclásica, todo se reduce a la maximización de las ganancias o de las utilidades en base al criterio coste/beneficio. Para la economía neoclásica, lo fundamental es la robustez estadística de un modelo, la infalibilidad en la medición de ciertas magnitudes, el discurso de consenso, de no-políticamente-chocante, por ello se limita a jugar con la distribución óptima de los recursos. Lo que en la economía política no es más que recurso o fin pragmático, en la economía neoclásica es finalidad absoluta[7]. Esa preocupación por el número, el reinado de la magnitud, es el principio del final del carácter subversivo que la economía podría tener, ese carácter que empezóa vislumbrarse en la teoría del valor trabajo de Ricardo y que fue magistralmente retomada por Marx.

Este es un claro ejemplo de las espirales de la historia de las que habla Lenin. Para Leibniz, precursor del positivismo y máximo exponente del racionalismo, la racionalidad del pensamiento consiste en convertir las verdades de hecho (la experiencia concreta)en verdades lógicas; todo lo que no nace de la lógica formal es una verdad a medias.Ese proceso se entiende como un camino ascendente, puesto que se pasa de lo caótico a lo lógico. La historia, que es fáctica, es contingente, carece de leyes. Hegel echará por tierra este planteamiento al mostrar que la historia es también un proceso sujeto a tendencias, sujeto a una necesidad de desenvolvimiento estructural. Marx dotará estas conclusiones de un contenido eminentemente materialista, haciendo del análisis económico un proceso lógico-dialéctico, histórico.

Pero la contrarrevolución neoclásica volverá al camino del positivismo de ascendencia leibniziana. No es la razón una derivación funcional de lo real, sino una derivación lógica que carece de raíces en el mundo. No es necesario que la teoría se apegue a la práctica, no importa que la competencia perfecta no exista, importa que sea lógica, que tenga coherencia interna en el plano de la teoría. Después, la sola discusión sobre el método del método nublará la razón. Fue el número y la ceguera: thehell of quantity, el ocaso del sujeto cognoscente[8]. La economía entonces se reduce a ser un modelo, un maniquí ausente, una desesperación: “caricia para el hombre que no sabe ya nada de los hombres, sino ese murmullo de una voz sin labios y el roce de las sombras suplicantes”[9].

Marx plantea: “el problema de si el pensamiento humano puede llegar a una verdad objetiva no es un problema teórico sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre (sic)tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento”[10].

La única ciencia posible es la ciencia que transforma. La transformación de la realidad va más allá de la modificación de la estructura económica. Implica recobrar al sujeto. En ese retorno, “simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre (sic) nuevo”[11]. Para recobrar a la ciencia de la opción eminentemente ideológica y tecnicista en que la sumergió el supuesto positivismo de las ciencias neutras, sólo hay un camino posible: el camino de la dignidad humana.




[1] Es igual que al nivel del modo de producción, en donde el sujeto históricamente expropiado sólo puede sobrevivir con la venta de su fuerza de trabajo, con la mercantilización de su corporeidad. Las formas de interacción entre los seres humanos en los centros capitalistas de producción son la expresión de la enajenación total y de la cosificación más acabada de la dignidad humana.
[2] “¿Quién puede encadenar un cuerpo sin peso a los hilos de la Tierra, unir la hoja muerta al árbol vivo?”. Roud, Gustave. Para un cosechador. Editorial La Garúa. 2006. Pág. 7.
[3]Ciorán, Emile. En las cimas de la desesperación. Tusquets editores. 1996. Pág. 12.
[4] Esquemáticamente, ello puede expresarse como: o’ = C / V y g’ = p’ / (o’ + 1), con: V ≈ 0; implica que: o’ ≈ ∞; por tanto, g’ ≈ 0. En donde o’ es la composición orgánica del capital; C y V el capital constante y variables, respectivamente; p’ es la cuota de explotación del trabajo y g’ la cuota de ganancia.
[5] Marx dice: “La totalidad de esas relaciones [de producción] forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta una superestructura jurídica y política, y a la cual responden formas sociales y determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material determina, de una manera general, el proceso social, político e intelectual de la vida”. Marx, K. Prólogo de la Crítica de la economía política. Claridad. 2008. Págs. 8 – 9.
[6] Valenzuela Feijóo señala: “¿Cuántas veces ha sido enterrado el marxismo? ¿Cuántas se le ha declarado obsoleto?... Como al entierro siempre le ha seguido una resurrección, tenemos un número igualmente impresionante de resurrecciones”. Valenzuela Feijóo, José. “Socialismo y marxismo: ¿dos cadáveres?”. En: Andamios. Revista de Investigación Social. Vol. 3. Núm. 005. UAM. 2006. Pág. 130.
[7]Hinkelammert sostiene que “en el grado en que la teoría neoclásica extremiza su insistencia en la asignación de recursos, se transforma en ideología”, con ello “no puede sino decir cómo llevar “óptimamente” a la sociedad humana a su propia destrucción”. Hinkelammert, Franz. “Los problemas actuales de la teoría económica”. En: Boletín de Ciencias Económicas y Sociales. Año IV. No. 1. UCA. 1983. Págs. 5 – 13.
[8]Baran sostiene que: “Hay que romper con la larga tradición de la economía académica de sacrificar la relevancia del tema a la elegancia del método; es mejor tratar de manera imperfecta lo que es sustancial, que llegar a ser virtuoso en el tratamiento de lo que no importa”. Baran, Paul. The political economy of growth.Modern reader. 1957. Pág. 22. Además, “el sueño de la razón produce monstruos” (Goya).
[9]Roud, G. Op. cit. Pág. 13.
[10] Marx, K. “Tesis sobre Feuerbach”. En: Manuscritos de 1844. UCA editores. 1987. Pág. 142.
[11]Guevara, Ernesto. “El socialismo y el hombre en Cuba”. Edición digital. Pág. 8. 

Fundamento económico de la eliminación del sujeto

También publicado en Rebelion.org: http://www.rebelion.org/docs/154132.pdf


En el esquema básico, la metamorfosis de la mercancía puede resumirse como la conversión de una mercancía en otra distinta, proceso que ocurre mediando la realización del valor de cambio de ambas; siendo el dinero –determinada mercancía que se ha convertido en el medio de cambio general- el mediador común de la realización del valor de cambio y encarnación del precio, puede esquematizarse dicha metamorfosis como:

M – D – M’

En donde M representa una mercancía cualquiera, D un monto determinado de dinero que encarna el precio y materialización del valor de cambio de M, y M’ una mercancía cualquiera distinta a M. Para el poseedor de M, ésta no representa un valor de uso más allá de encarnar un valor de cambio y, de este modo, de ser la encarnación mediata de una mercancía distinta. Embrionariamente, M es M’. Pero M es M’ a partir de su negación; la cual se logra a través de la circulación en el mercado, de la confrontación de las mercancías con el medio general de cambio que es el dinero.

Marx sostenía que dentro del circuito de circulación, es decir, en la metamorfosis de la mercancía, el esquema M – D – M’ expresa una relación propia de la lógica formal donde se enfrenta la concreción del sujeto a la generalidad abstracta del sistema de mercado[1]; la forma concreta de las mercancías –el valor de uso- contra las formas abstractas del sistema de cambio: el valor de cambio, el precio y el dinero. Es decir, un esquema como el siguiente:

S – G – P

Donde S representa la singularidad concreta, G la forma general, y P la forma particular que asume la necesidad del sujeto, un sujeto concreto que asume diferentes facetas en el proceso de satisfacción de sus necesidades vitales, lo cual a su vez representa un proceso eminentemente social: “las relaciones de comprador y vendedor son tan poca cosa en las relaciones individuales, que ni uno ni el otro contraen semejantes relaciones sino negando el carácter individual de su trabajo”[2]; la negación del carácter individual del trabajo es el paso del trabajo concreto al trabajo abstracto, como condición para entrar en el proceso de circulación con un quantum de valor socialmente aceptado[3].

En otras palabras, el trabajo concreto se vacía en la generalidad del trabajo abstracto, lo que dota al valor de uso producido de un valor de cambio que adquiere relevancia social y que, por tanto, permite su metamorfosis ulterior en un valor de uso distinto. Sin embargo, porque la metamorfosis es en esencia una transformación cualitativa (M – M’), la circulación mercantil se enmarca en la especificidad necesitada del sujeto, que sólo tangencialmente se reviste de la forma social enajenada; en este sentido, “son las manifestaciones necesarias de la individualidad las que se apoyan en cierto momento del proceso de producción social”[4].

Si esto es válido para la circulación mercantil simple (como condición del mercado y como premisa de la división social del trabajo), no es necesariamente cierto para el carácter que asume la circulación de mercancías bajo el capitalismo. Aunque orgánicamente sean las mismas etapas las que se ejecutan, en orden a su funcionalidad social hay un cambio cualitativo importante. Bajo el modo de producción capitalista, la relación social asume un carácter capitalista y, por tanto, se encuentra sujeto a la producción de plusvalor.

De este modo, la producción capitalista de mercancías, es un proceso de trabajo pero también es un proceso de valorización y éste, en el modo capitalista de producción, es la premisa lógica para que el primero se desarrolle: “en la producción [capitalista] de mercancías los valores de uso se producen pura y simplemente porque son y en cuanto son la encarnación material, el soporte del valor de cambio”[5]. Principalmente, el trabajo que es “productivo” en sentido estricto es aquel que produce plusvalía[6].

Bajo las relaciones de producción de carácter capitalista, la valoración social se encuentra determinada por la vinculación entre el proceso de trabajo y el proceso de producción de plusvalor. Fuera del marco de la valorización del capital, el trabajo asume un carácter peyorativo o carece de importancia; así mismo, la finalidad ya no se encuentra en acceder a una mercancía cualitativamente diferente para satisfacer una necesidad concreta, sino en la valorización del capital. Por ello, la metamorfosis de la mercancía no asume el ciclo M – D – M’, donde una mercancía se vende para obtener otra, sino,por el contrario, en este caso la metamorfosis se encuentra como D – M – D’, donde se eroga una cantidad de dinero para acceder a una mercancía valorizable que se convierte en más dinero[7].

La singularidad del sujeto encarnada en los valores de uso de las mercancías que aquél vende o compra, se trueca por la generalidad, la abstracción, del medio que encarna la forma general del valor, es decir, el valor de cambio y la expresión cuantitativa de la riqueza social. En otras palabras, del proceso S – G – P se tiene su cadena sucedánea: G – S (P) – G; en donde G, a pesar de representar una y misma cosa, es decir, dinero, se fetichizahasta considerarse comodos elementos diferentes dado el cambio en su expresión cuantitativa. G se niega en S/P para llegar a G, si y sólo si,el punto de llegada es cuantitativamente distinto del punto de partida.

Pero, eliminada la necesidad concreta, la inserción social del sujeto en el proceso de la circulación queda en función de una abstracción que sólo llega hacia sí misma y que, por tanto, sustituye al sujeto mismo. De esta forma, la relación fundante entre personas se esconde tras una relación entre las cosas: “lo que aquí reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres (sic)”[8]. Ahí se encuentra ya el destierro del sujeto del proceso de circulación, en donde prima la relación entre cosas; es decir, un fetiche en el que es subsumida la especificidad de la persona humana al intercambio de valores y en el que se niega la relación social fundamental, que es humana.

De hecho, aunque los dos polos de la generalidad se diferencian sólo cuantitativamente, ello implica un proceso esencialmente cualitativo en la dinámica de las fuerzas productivas. Para pasar de una cantidad a otra, media un eslabón de singularidad concreta que, en la cadena G – S – G, representa la negación y cuyo proceso de destrucción es el fundamento de la creación del valor. Es en ese sentido que Marx sostiene que el capitalismo solo puede sobrevivir destruyendolas dos fuentes creadoras de valor: la fuerza de trabajo y la naturaleza.

Dicha “destrucción creadora” no debe entenderse en el sentido schumpeteriano en donde la destrucción tiene como proceso consustancial un proceso creativo[9]. Al contrario, la premisa es la destrucción para el estado enajenado del sujeto, es decir, que la creación –si la hay- es sólo contingencial y no entraña ninguna clase de trascendencia; en adición, es una destrucción que por implicar un estado enajenado, cuelga un doble peso sobre el cuello del ser humano y de su realización histórica.

Los procesos de explotación y expoliación de la fuerza de trabajo son las formas de negar la humanidad del ser humano en el capitalismo. Ambos procesos son los mecanismos para la transformación de D a D’ y consisten, básicamente, en la apropiación, por parte de la clase capitalista, del valor creado por la clase trabajadora. En la explotación, la apropiación se logra a partir de la disparidad siguiente:

W < V + P

En donde W representa la remuneración de la jornada de trabajo, V el capital variable y P la plusvalía; por tanto, el miembro izquierdo expresa la cuantía del salario mientras que el miembro derecho muestra la cuantía del valor creado por el trabajador: el producto del valor. Aquí está de lado el análisis del valor del producto, donde se encarna el valor total desembolsado por el capitalista para llevar a cabo el proceso de acumulación. Mientras el salario sea menor al producto del valor debido a la enajenación de una parte del mismo (P), el proceso de producción será netamente excluyente al remunerar a la fuerza de trabajo al nivel de su sola reproducción material o incluso por debajo de ella (sobreexplotación).

De tal apropiación, no obstante, existe un mimetismo en la cadena D – M – D’ y que no es fácilmente visible. Dicho mimetismo se expresa en sostener que el cambio D – D’ es producto de la circulación de las mercancías y no del proceso de producción mismo; es decir, por la primacía de la generalidad abstracta y la eliminación del sujeto. Entre la transformación D – D’ se encuentra la singularidad propia de la mercancía que sirve de eslabón intermedio, y que como singularidad esencial es, antes que otra cosa, un valor de uso. Esa mercancía es la fuerza de trabajo y el trabajo como valor de uso de la misma. Por tanto, la cadena podría expresarse como:

D – M – D’
D – M [FP] – D’
D – FT – D’

Cadenas en las que D y D’ siguen expresando montos dinerarios mientras que FP representa las fuerzas productivas (medios de producción y fuerza de trabajo) y como es la fuerza de trabajo, FT, la única fuente realmente creadora de valor, ésta asume la primacía en el eslabón de las mercancías compradas para valorizar la inversión del capitalista.

Al negar la mercancía fuerza de trabajo, es decir, en el tránsito de D hacia D’, se niega la subjetividad del ser humano mismo: su cuerpo y su sangre, sus sentidos, lo que piensa y lo que quiere, su proyección hacia el futuro y la asimilación de su pasado, su origen en el quicio destemplado de los tiempos, su ocaso en el mundo del cálculo infinitesimal y potenciado. Todo es perennidad abstracta y, por ello, todo puede ser sacrificado a la superfluidad de lo inmediato[10].

La forma en que D se convierte en D’ en las relaciones capitalistas de producción es, justificado en el tipo abstracto del individuo, a través de la negación sistemática de la fuerza de trabajo, negación que no sólo atañe a la lógica, sino esencialmente a la historia: desterrando al sujeto del tiempo y del espacio, convirtiéndolo en individuo o en masa, se destierran o se eliminan las posibilidades de su incidencia trascendental en todas las facetas de su realidad objetiva.

De hecho, todo aparece como una realidad fuera de la órbita de incidencia del sujeto. El valor creado por él mismo, es un valor natural o que de facto no le pertenece. De ahí nace lo que Marx llama el “fetichismo de la mercancía”, el cual consiste en la consideración de que el producto del trabajo es esencialmente un producto para el cambio y un producto para el enriquecimiento, en resumen: que todo producto del trabajo es mercancía. Lo que también quiere decir que la capacidad creativa del trabajo se encuentra en función de la acumulación del capital.

A esto se refiere Marx cuando señala: “El carácter misterioso de la forma mercancía estriba, por tanto, pura y simplemente, en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de éstos como si fuese un carácter material de los propios productos de su trabajo, un don natural social de estos objetos y como si, por tanto, la relación social que media entre los productores y el trabajo colectivo de la sociedad fuese una relación social establecida entre los mismos objetos, al margen de sus productores”[11].

De ahí que la economía, por ejemplo, transite tranquilamente de ser una ciencia social eminentemente enraizada en la política hacia los oropeles de la alquimia estadística. La razón instrumental triunfa con el triunfo del mercado[12]. Y la religión del capitalismo, con su falso profeta que es el individuo, nos vende una tierra prometida. Pero es la tierra de nada y de nadie. “De la nada surge el signo del infinito; bajo las espirales en eterno ascenso se hunde despacio el agujero profundo”[13].




[1] Marx, K. Crítica de la economía política. Claridad. 2008. Pág. 61.
[2] Ibíd.
[3] Marx señala: “Los trabajos del sastre y el tejedor son elementos integrantes de los valores de uso levita y lienzo gracias precisamente a sus diversas cualidades; en cambio, sólo son sustancia y base de los valores lienzo y levita en cuanto en ellos se hace abstracción de sus cualidades específicas, para reducirlos a la misma cualidad: la del trabajo humano”. Marx, K. El capital. Fondo de Cultura Económica. 1964. Tomo I. Pág. 12.
[4] Marx, K. Crítica…Óp. cit. Pág. 61.
[5] Marx, K. El capital. Óp. cit. Pág. 138.
[6] La producción del plusvalor es la condición necesaria para la explotación del trabajo y la acumulación capitalista. No obstante, ella requiere, para ser efectiva, pasar por el filtro de la realización y apropiación de la plusvalía, lo que da pie al ciclo de la acumulación.
[7] Cabe recordar que “todo capital nuevo comienza pisando la escena, es decir, el mercado, sea el mercado de mercancías, el de trabajo o el de dinero, bajo la forma de dinero, dinero que, a través de determinados procesos, tiende a convertirse en capital”. Marx, K. Ibíd. Pág. 103.
[8] Marx, K. Ibíd. Pág. 38.
[9]Hay que aclarar que la teoría de la “destrucción creadora” de Schumpeter, no representa sino una glosa delo que Marx había señalado ya sobre el proceso de concentración y centralización del capital como fruto de la transformación técnica (aumento tendencial de la composición orgánica y caída de la tasa de ganancia). Schumpeter añade cierto toque de ecología social, propio de Darwin o de Spencer, al proceso de transformación técnica, elemento que, aunque aporta al debate sobre el origen del cambio tecnológico, reduce la discusión a las aptitudes o voluntades individuales, dejando de lado los concomitantes sistémicos del fenómeno.
[10] Por ello, el código abstracto de la mercancía elude la complejidad de lo concreto, el cual siendo negado se vuelve profundamente subversivo. Pero puesto que “sólo dura lo efímero” (Cortázar), porque“la vida es eterna en cinco minutos” (Jara), la lucha del sujeto concreto requiere de la lucha contra lo eterno, la resistencia del momento ante una avalancha histórica donde el sujeto se pretende incapaz y reducido, es la batalla contra la abstracción y la supuesta objetividad, la guerra contra una historia sin historia, porque la historia llegó a su fin (Fukuyama) y queda simple linealidad omnipotente (Von Hayek), retorno eterno (Nietzsche).
[11] Marx, K. Ibíd.Pág. 37.
[12]Hinkelammert señala: “La acción calculada en términos de racionalidad medio-fin (razón instrumental) crea un orden, pero este orden es un orden que se subvierte a sí mismo. Al aparecer un orden, que es producto no-intencional, aparecen efectos no-intencionales sobre los conjuntos reales de la población humana y la naturaleza externa al ser humano, que promueven las tendencias hacia la autodestrucción”.  Hinkelammert, F. Hacia una crítica de la razón mítica. Editorial Díada. 2008. Pág. 225.
[13] Miller, Henry. Trópico de cáncer. Punto de lectura. 2010. Pág. 297.