jueves, 17 de enero de 2013

Sobre el empleo: algunas palabras para el debate

Publicado también en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=161981

Hasta el momento, la apuesta desde el aparato estatal por la inserción laboral de la juventud se reduce a dos instrumentos: la Ley de Incentivo para la Creación del Primer Empleo de las Personas Jóvenes en el Sector Privado (LICPE)[1] y al Plan de Acción Nacional del Empleo Juvenil 2012 – 2024 (PANEJ); en función de las características del mercado de trabajo, ninguno de estos dos instrumentos llega a la formulación de estrategias que promuevan la inserción laboral de adolescentes y jóvenes en el marco de la garantía de sus derechos humanos.

Para contextualizar nuestros argumentos, es importante señalar que la situación de laboral de las juventudes es ciertamente precaria. Según información de DIGESTYC, sistematizada en la Tabla 1, las y los adolescentes y jóvenes trabajadores tienen un salario significativamente menor que las personas adultas; de las personas trabajadoras entre 14 y 18 años, y entre 19 y 24 años, sólo el 2.9% y el 32.2%, respectivamente, ha firmado contrato. Por su parte, para estos mismos rangos etarios, sólo el 2.6% y el 27.9% tienen cobertura de la seguridad social; a pesar de que todos estos elementos están regulados por los cuerpos jurídicos atinentes de derechos humanos de la adolescencia, de la juventud y de derechos laborales.

Tabla 1: Indicadores de la situación laboral de la fuerza de trabajo, El Salvador 2010
Grupos de edad
Salario promedio
Ha firmado contrato
Tiene cobertura de seguridad social
14 – 18 años
111.3
2.9
2.6
19 – 24 años
192.2
32.2
27.9
25 – 29 años
243.2
44.0
39.7
30 ó más años
268
45.0
33.5
Total
247.8
40.1
31.3
Fuente: Elaboración propia en base a información de DIGESTYC.


Partiendo de este contexto, para nada sistemático, esbozamos a continuación algunas consideraciones sobre los instrumentos mencionados al inicio del artículo: la LICPE y el PANEJ, de modo que se pueda evidenciar la pervivencia de las falencias neoliberales tanto en el mercado de trabajo como en las políticas públicas.

Por una parte, la LICPE –que tiene por objeto incentivar la demanda de trabajo-, señala que “las empresas que contraten jóvenes, bajo la modalidad del contrato de primer empleo, gozarán de deducciones de salarios mínimos en el impuesto sobre la renta” (art. 18, LICPE). Así mismo, “las empresas gozarán de una deducción fiscal para los efectos del impuesto sobre la renta” (art. 21, LICPE). En el contexto de crisis fiscal del sector público, la deducción de impuestos supone recortar el margen de maniobra del aparato estatal a costa de mejorar la rentabilidad empresarial y reducir la incidencia del Estado a través de otras políticas económicas (por ejemplo, a través del gasto).

No obstante, la propuesta obvia la regulación específica de algunos términos contractuales fundamentales (plazos y estabilidad, salarios, condiciones de trabajo, entre otros), dejándolos al libre arbitrio de la negociación entre el adolescente o joven y el empresario. De este modo, las empresas podrían aumentar la magnitud de la fuerza de trabajo efectivamente empleada, pero en condiciones que favorecen al empresariado debido a que permiten rentabilizar las inversiones a partir de la desvalorización de la fuerza de trabajo.

En muchas de las consideraciones de la LICPE se alude a los derechos que consigna el Código de Trabajo, o que el mismo reconoce como aplicables, como las prerrogativas derivadas de instrumentos internacionales. No obstante, ninguno de estos instrumentos está pensado en función de las necesidades específicas de las juventudes, necesidades no sólo laborales, sino económicas y sociales; visto de otro modo, ninguno de estos instrumentos rompe con la visión adultocéntrica en la que las y los jóvenes son siempre sujetos de discriminación por el rango etario al que pertenecen, ni con la finalidad pro sistémica, donde la fuerza de trabajo es oprimida y cosificada en el proceso de producción de mercancías.

Por su parte, el PANEJ –un instrumento más enfocado en la oferta-, sostiene que: “la situación laboral juvenil adolece de falta de vinculación entre la demanda y oferta de trabajo… puede suceder que los puestos de trabajo no cumplan las expectativas salariales de los jóvenes, que no les permitan coordinar el estudio con el trabajo, que las competencias que los jóvenes poseen no sean compatibles con las que el puesto de trabajo necesita. Por tanto, adecuar la fuerza laboral a las exigencias del mercado laboral es uno de los desafíos del país en términos de la generación de empleos productivos y de calidad para los jóvenes”[2].

En este sentido, la determinación de la formación a partir de la demanda de trabajo supondría poner a la fuerza de trabajo en función de los requerimientos técnicos de las empresas; es un sesgo por la razón instrumental que, basada en la tecnificación de los procesos productivos, mecaniza al proceso de trabajo y propicia su enajenación. Ello es válido no sólo para la formación técnica en sentido estricto, sino también en el caso del fortalecimiento de capacidades que no crean pensamiento crítico, capacidades que muchas veces reproducen, directa o indirectamente, la estructura material o ideológica del capitalismo como sistema de exclusión.

En el contexto de las relaciones sociales prevalecientes en el sistema económico salvadoreño y mundial, el trabajo es visto como un “factor de la producción” y por ello, como una despersonalización del sujeto concreto que lo ejecuta, el cual se convierte en mercancía. Por eso, la subsunción del trabajo contradice las posibilidades reales de realización de la fuerza de trabajo como sujetos históricos; situación que incluso es más preocupante en el caso de las y los adolescentes y jóvenes trabajadores, pues además de ser explotados en el mercado de trabajo, son discriminados social y culturalmente por los patrones andro y adultocéntricos.

Nótese particularmente el punto de partida del PANEJ: “…adecuar la fuerza laboral a las exigencias del mercado laboral es uno de los desafíos del país en términos de la generación de empleos productivos y de calidad para los jóvenes”[3]. Es decir, la adecuación de la oferta de trabajo, la adecuación de las capacidades de las y los jóvenes, las cuales, como ya se vio, tienden hacia los requerimientos técnicos de las empresas, hacia la supresión de la posibilidad de cuestionarse históricamente el papel que las juventudes juegan como sujeto social, como sujetos pertenecientes a una clase social determinada. Además, ¿dónde queda la regulación de la demanda, es decir, de las empresas? ¿Dónde queda el papel del aparato estatal como fuente de empleo? ¿Dónde queda la obligatoriedad de los derechos humanos, la no discriminación por ser joven para poder optar a un empleo? ¿Por qué a quién vulnera ese derecho, a quien es eminentemente discriminatorio, se les va a premiar con beneficios económicos, se le va a eximir del pago de sus obligaciones fiscales?

Estas consideraciones indican que la institucionalidad incipiente en la temática de primer empleo, empleo juvenil o empoderamiento económico de la juventud, aún carece de un punto de partida clave, como lo es evidenciar las falencias estructurales del mercado de trabajo en el modo de producción capitalista y de las particularidades que el mismo asume en su fase neoliberal, carece de asumir esas falencias y propiciar la construcción de un sistema alternativo para la participación económica y social de las juventudes.

Para finalizar hay dos elementos sobre los que queremos llamar la atención. El primero es el hecho de que las falencias de los instrumentos analizados, se enmarcan en el proceso general de explotación y empobrecimiento crecientes que es propiciado por el capitalismo. Cualquier política pública que no toque la problemática de fondo, esto es, la relación inherentemente contradictoria entre el capital y el trabajo, está destinada a fracasar, pues sus efectos son superficiales y/o coyunturales.

Perdonado el siguiente esquematismo, habremos de recordar que el capitalismo opera a partir de un diferencial básico: la discrepancia entre el valor producido por la fuerza de trabajo y el valor que es remunerado a ésta en concepto de salario. De ese diferencial surge la ganancia del capitalista, el cual, para maximizar la rentabilidad de sus inversiones tiende hacia la tecnificación de los procesos productivos, sustituyendo, en términos porcentuales, la fuerza de trabajo por medios de producción o, lo que es lo mismo, aumentando la composición orgánica del capital. Como la composición orgánica y la tasa de ganancia son magnitudes contradictorias, el aumento de la primera repercute en la caída tendencial de la tasa de ganancia, lo que lleva a la generación de las crisis.

Tanto el funcionamiento “normal” del capitalismo como sus periodos de crisis, suponen el sojuzgamiento de la fuerza de trabajo. Aun cuando en los periodos de expansión del capital sobren los puestos de trabajo, ello conduce a la despersonalización del ser humano, a su conversión en mercancía. Por el contrario, el devenir del capitalismo supone que esa expansión es transitoria y que pronto el ejército laboral de reserva comienza crecer paulatinamente –lo cual, no está de más recordar, se agrava en los periodos de crisis. En este sentido, la generación de verdaderas oportunidades para la fuerza de trabajo, independientemente de su edad, va más allá de incentivos a las empresas o de formación de capacidades técnicas.

Ahora bien, el segundo elemento que queremos discutir es el hecho de que, precisamente por esa negación sistémica que el modo de producción capitalista ejerce sobre la fuerza de trabajo y sobre la humanidad en su conjunto, precisamente porque cada vez más los espacios en el mundo capitalista se cierran, es que existe la posibilidad real de buscar alternativas. Esas alternativas, para ser verdaderas, comprometen a la institucionalidad toda de la sociedad burguesa; deben partir de la negación radical del status quo. Nosotros identificamos esas alternativas con la economía solidaria, que supone no sólo un cambio en la base económica, en los procesos de trabajo y el destino de los excedentes, sino una transformación de todas las relaciones de producción, una transformación de las relaciones de poder que tiende a la construcción de una nueva democracia.

No podemos decir que hay una alternativa: hay alternativas porque el mundo es multidimensional y es complejo. Las alternativas son eso: formas diversas de ser de lo que ya no es. Lo que podemos decir es lo que no debería ser: la uniformidad y deformidad del mundo capitalista.



[1] Aprobada por la Asamblea Legislativa en julio de 2012.
[2] MTPS. Plan de Acción Nacional del Empleo Juvenil 2012 – 2024. MTPS. 2012. Págs. 24 – 25.
[3] Ibídem


Una glosa de Marx: algunas líneas sobre la enajenación del trabajo


Publicado también en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=161772. 

Antes de entrar en materia –o para entrar en ella abruptamente- me permitiré citar a Marx in extenso. La argumentación del presente artículo parte necesariamente de esta cita. En El capital dice Marx:

“Partimos del supuesto del trabajo plasmado ya bajo una forma en la que pertenece exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que semejan a las manipulaciones del tejedor, y la construcción de los panales de las abejas podría avergonzar  por su perfección a más, de un maestro de obras. Pero, hay algo en que el peor maestro de obras aventaja, desde luego, a la mejor abeja, y es el hecho de que, antes de ejecutar la construcción, la proyecta en su cerebro. Al final del proceso de trabajo, brota un resultado que antes de comenzar el proceso existía ya en la mente del obrero; es decir, un resultado que tenía ya existencia ideal. El obrero no se limita a hacer cambiar de forma la materia que le brinda la naturaleza, sino que, al mismo tiempo, realiza en ella su fin, fin que él sabe que rige como una ley las modalidades de su actuación y al que tiene necesariamente que supeditar su voluntad. Y esta supeditación no constituye un acto aislado. Mientras permanezca trabajando, además de esforzar los órganos que trabajan, el obrero ha de aportar esa voluntad consciente del fin a que llamamos atención, atención que deberá ser tanto más reconcentrada cuanto menos atractivo sea el trabajo, por su carácter o por su ejecución, para quien lo realiza, es decir, cuanto menos disfrute de él el obrero como de un juego de sus fuerzas físicas y espirituales”[1].

De esta cita se pueden retomar varios elementos. En primer lugar, el carácter eminentemente humano del trabajo. El trabajo no se limita a ser un desgaste de las fuerzas corpóreas. El trabajo es, antes que nada, una actividad orientada por una finalidad; los animales, al carecer de conciencia, no trabajan, en su caso las actividades orientadas a satisfacer sus necesidades, no encuentran justificación como realización de una finalidad sino como simple reproducción de su corporeidad. Por tanto, esa actividad no va más allá de ella misma.

En segundo lugar, el trabajo como fin pragmático: el trabajo como creador de bienes de uso es un proceso que encuentra su finalidad en la reproducción de la vida humana; en ese sentido, no es una finalidad abstracta, sino un proceso concreto que sirve como medio en el contexto del reino de la necesidad. La finalidad es la vida humana, pero ella se realiza a partir de la praxis consciente y esa praxis incluye al trabajo como forma de realización.

En tercer lugar, lo que Kosík denomina carácter ontocreador del trabajo o la realización del sujeto a partir de su actividad: mientras el trabajo es una finalidad pragmática en su sentido estrictamente físico, representa una liberación posible en el sentido social. El carácter social y socializador, la posibilidad que tiene el sujeto de reconocerse a sí mismo en el producto de su trabajo, el desarrollo de destrezas, el peso político del trabajo mismo y su significación histórica, representan los elementos para que el sujeto se realice a través del trabajo, siendo ambos fuerzas propulsoras de la historia[2].

En cuarto lugar, el carácter social del proceso de trabajo.Social en el sentido de que sus características no pueden aislarse o pueden ser efectuadas como proceso histórico por un individuo, sino sólo en la medida en que es un trabajo reconocido socialmente, reconocimiento que le sirve así mismo de normatividad económica (recordemos que el valor –de cambio- se tasa a partir del tiempo de trabajo socialmente necesario, trabajo que es reconocido y que representa una intensidad técnica media; igualmente, el valor de uso, que es el sostén material del valor de cambio, no encuentra sentido sino sólo en función de los requerimientos sociales históricamente determinados).

Por último, la posibilidad de que el trabajo se convierta en un proceso destructivo al enajenarse. En tanto la fuerza de trabajo se ponga en funciones, hay un desgaste físico y mental, ese desgaste es tanto mayor “cuanto menos atractivo sea el trabajo”. Ese “atractivo” lo determina en última instancia el reconocimiento del sujeto en el proceso y producto de su trabajo. Mientras menor reconocimiento exista entre estos dos elementos, menor posibilidad hay para que el trabajo se presente como realización de la subjetividad; el trabajo pierde su atractivo y, por tanto, hay un mayor desgaste de la fuerza de trabajo.

La pérdida del reconocimiento entre el sujeto y el producto del trabajo es resultado de que el trabajador haya sido “liberado” de la propiedad de los medios de producción; o que siendo propietario de los mismos, el producto de su trabajo sea supeditado por el capital a través de la subsunción indirecta, determinando y condicionando la realización del sujeto. El trabajo por tanto se lleva a cabo como una obligación, como un eslabón que lo ata al reino de la necesidad. Ese trabajo enajenado, que no corresponde a la realización de las finalidades de los sujetos concretos, destruye las capacidades físicas, psicológicas y culturales de las y los trabajadores. De ahí que se presente como un proceso que en su realización destruye su fuente material de sustento.

En la enajenación del trabajo, el ser humano es cosificado. Y al perder su carácter ontocreador, al convertirse en el solo proceso de producción de plusvalía –sustituyendo a la producción de valores de uso concretos, de bienes para la vida-, el sujeto se convierte en el individuo abstracto que trafica valores y el valor de cambio se convierte en su norma y rasero. Pero para entonces, una relación de reciprocidad se establece ya entre la forma en que los individuos se asumen como tales y la forma en que el sistema recrea el contexto para su individuación y la negación de su subjetividad.

Pero si el carácter del trabajo rompe con su esencia de ser un proceso ontocreador, si éste reproduce al individuo y lo confronta al sujeto, si ese trabajo crea en escala ampliada las condiciones objetivas para la superación del reino de la necesidad pero se niega como tal, se cumple la sentencia de Kropotkin como una fatalidad: “el derecho al trabajo es, a lo sumo, un presidio industrial”[3].





[1] Marx, K. El capital. FCE. 1964. Tomo I. Págs. 130 – 131. Subrayados del autor.
[2] En efecto, Kosík señala: “Sobre la base del trabajo, en el trabajo y por medio del trabajo, el hombre se ha creado a sí mismo no sólo como ser pensante, cualitativamente distinto de otros animales superiores, sino también como el único ser del universo, conocido de nosotros, capaz de crear la realidad”. Kosík, Karel. Dialéctica de lo concreto. Grijalbo. Pág. 142.
[3] Kropotkin, P. La conquista del pan. Edición digital. Pág. 14. 

Masculinidad hegemónica y acumulación del capital


También publicado en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=161266. 


El androcentrismo se funda en –y reproduce- un sistema de estereotipos que legitiman la dominación de un modelo de hombre (adulto, blanco, occidental, heterosexual), sobre todos los demás sujetos sociales. La forma principal de esa legitimación es la masculinidad hegemónica, en la que se construye la identidad del hombre a partir de la vulneración sistemática del otro u otra como forma de reafirmarse como sujeto. En ese proceso de reafirmarse a partir de la eliminación o disminución del otro u otra, se da una destrucción o disminución del yo mismo. Ello se comprende en tanto que la ética del sujeto no puede separar la identidad propia de su vínculo social e histórico.

La acumulación capitalista, que es también un proceso de eliminación del sujeto, elimina al sujeto concreto en función del valor de cambio de las mercancías. El fetiche de la mercancía convierte al sujeto en individuo, en hombre económico, carente de necesidades. Cuando la economía neoclásica pone al hombre económico como centro de su estudio, elimina la diversidad del género humano, supeditando lo femenino y después convirtiéndolo en objeto de dominación funcional a la valorización del capital. 

El capitalismo supone la realización del fetiche de la masculinidad hegemónica; ello debido a que las relaciones de producción capitalistas suponen la dominación y enajenación de la corporeidad misma del sujeto. El trabajo es un proceso de desgaste; en ese proceso, la fuerza de trabajo crea valores materiales a costa del desgaste de sus fuerzas corpóreas; al ser ese producto del trabajo enajenado por el capitalista, al menos en la parte correspondiente al trabajo excedente de la jornada de trabajo, éste hace suya la corporeidad misma del obrero. Es, en ese sentido, la apropiación del otro u otra como objeto, como realidad cosificada, como indignidad.

Igualmente, el capital asume una forma fálica. El capital penetra, viola y rompe la producción de valores de uso, la domina, condiciona y supedita como producción de valor y, particularmente, de plusvalor. Marx señala: “en la producción [capitalista] de mercancías los valores de uso se producen pura y simplemente porque son y en cuanto son la encarnación material, el soporte del valor de cambio”[1]. Y como la acumulación no es una transformación cualitativa sino un proceso que regresa a sí mismo (D – M – D’), la valorización se presenta como un proceso cerrado, una forma típicamente fálica que penetra en el ciclo de la vida humana que es dialéctica, y, por tanto, abierta.

Entonces, la apropiación de la subjetividad es una apropiación no sólo del producto del trabajo sino de la personalidad misma, esa apropiación es, además, una violación fundante. Es el poder fálico que domina, el reinado de la patriarcalidad que se consagra por las relaciones sociales de producción del capital. Cabe mencionar que esa violación fundante (la acumulación originaria, por ejemplo) se reproduce y se concreta en el proceso de explotación, que es una apropiación perenne de la humanidad de la fuerza de trabajo, la cual se realiza por la violencia. Al ser fundante, esa violación exige redimirse violentamente (al menos en la exigencia macho-individualista); pero como el sujeto concreto es eliminado y se busca rencontrarlo, su eliminación por la violencia sólo puede subvertirse por la emancipación solidaria y la redimensión de la faceta femenina de la vida. Es decir, negando la praxis del opresor con una praxis revolucionaria cualitativamente distinta.

Pero la apropiación capital-machista se niega a sí misma. La tecnificación creciente del proceso de producción determina que en el mediano-largo plazo aumente la composición orgánica del capital, que no es más que la encarnación en el ámbito del valor de la relación técnica de producción, con ello, y con el tope económico y político que puede tener la tasa de explotación, la tasa de ganancia tiende a disminuir secularmente. Esa tendencia, legalidad del desarrollo capitalista, reduce la rentabilidad de la inversión al presentar un escaso margen para la reproducción en escala ampliada.

Esta situación traba los mecanismos de la reconversión de plusvalía en capital, negando la viabilidad in crescendo de la economía capitalista. La crisis de valorización implica que el ansia de tener más, expropiando más a la clase trabajadora, se ve truncada; la dimensión económica del fetiche de la masculinidad hegemónica encuentra así un obstáculo para su realización.

Por ello la crisis del capital se enlaza con una crisis de la masculinidad hegemónica. Son procesos paralelos que se van determinando mutuamente. El capitalismo como modo falocéntrico de producción, al entrar en una fase en que la tasa de ganancia se ralentiza, es decir, cuando, por una parte, se rompe el ciclo D – M – D’ (la forma fálica), mientras que, por otra parte, se socializan, se abren real o potencialmente, las formas unidimensionales y cerradas de la valorización (patrones de acumulación), devela su naturaleza de crisis permanente, de inhumanidad, de negación negada y, por tanto, sujeta de cambio. Es el violador vulnerado.

Cuando el capital entra en crisis, la masculinidad hegemónica personificada en la burguesía –como expresión del poder fálico del capital- entra en una crisis de su identidad como sujeto dominante. Es una crisis de identidad económica y genérica al mismo tiempo. Es el poder que se devela omnipotente, pero cuyo poder ya no sirve de nada[2]. Ello no significa que sus mecanismos de defensa no sean igualmente violentos. Para reafirmarse como sistema, el capital se aligera mediante la destrucción de las fuerzas productivas; fenómeno que se expresa en la ampliación del ejército laboral de reserva, la aceleración de la rotación del capital, la destrucción –literal- de capital constante mediante guerras, entre otros fenómenos. Fenómenos que, no está de más decir, recobran su costo de las espaldas de las clases oprimidas y, particularmente, de las mujeres como miembros de esas clases[3].

El capitalismo y el patriarcadoson estructuras que se determinan mutuamente, aun cuando el capitalismo juegue el papel de determinante de última instancia. Para romper el hilo conductor de la ideología del capital, la masculinidad hegemónica debe ser superada como praxis; la liberación de hombres y mujeres del yugo de la explotación capitalista, pasa por la liberación de las estructuras que coadyuvan a mantener el capital como norma.

Una sociedad nueva exige hombres nuevos, no sólo en términos generales, sino precisamente en su identidad de género. Hombres nuevos. Una nueva forma de asumir las relaciones entre los géneros y, sobre todo, de asumirlas en el contexto de la lucha de clases. La reivindicación que desde siempre ha llevado a cabo el movimiento feminista no puede ser un ideal aislado de las luchas revolucionarias; hay que recordar que no se trata de reconsiderar a las mujeres, en su carácter de sujetos históricamente oprimidos, sino de reconsiderarnos también como hombres, en nuestro carácter, lastimosamente generalizado y vigente hasta hoy, de sujetos opresores.




[1] Marx, K. El capital. FCE. 1964. Pág. 138.
[2] “Es el poder, aislado en su misma potencia, sin relación ni compromiso con el mundo exterior. Es la incomunicación pura, la soledad que se devora a sí misma y devora lo que toca”. Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. FCE. 2010.Pág. 90.
[3] El aligeramiento de los sobrecostos del capital en un periodo de crisis, tiende a aumentar el trabajo del cuidado y, con ello,a fomentarfenómenos como la doble jornada de trabajo para las mujeres, el trabajo infantil, el incremento de la edad de jubilación, entre otros.